Mala suerte, Arnaldo Otegi

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

12 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

Sociómetro Vasco es una encuesta que difunde el Gobierno autónomo. Es como el CIS, que recoge los estados de opinión de la comunidad en todos los órdenes, desde los problemas que preocupan a la sociedad a la popularidad de los dirigentes políticos. Al ver la publicada ayer, resultó inevitable una explosión de asombro: ¡este no es el País Vasco que conocimos hace unos pocos años! Si los datos que recoge el sondeo son fiables, se puede certificar que el País Vasco ha dejado de ser un desafío para el Estado español. ¿Quién nos iba a decir hace nada que la violencia terrorista iba a ser un problema solamente para el 1 % de los ciudadanos? Pues eso es lo que sale en el estudio. Aunque ETA no haya entregado las armas, el terrorismo pasó a la historia. No me digan que no es para celebrarlo.

Pero hay más. Hace solo dos años, el 30 % de los vascos querían la independencia. Hoy, ese porcentaje ha bajado al 19 %. Arnaldo Otegi, que se hartó de decir que vuelve de la cárcel dispuesto a independizar Euskadi, no parece que se vea acompañado por suficientes votantes, si en eso consiste su programa. Una cosa es que a sus homenajes hayan asistido miles de personas que lo aclamaron como un héroe, y otra muy distinta que lo quieran proclamar presidente de la república de Euskal Herria.

En un panorama político tan turbio como el actual, este tipo de noticias animan al optimismo. Hubo un tiempo donde el riesgo de ruptura de la nación estaba en el País Vasco, no en Cataluña. Uno de los peores insultos que se le podía dirigir a una persona en un bar de San Sebastián era llamarle español. Han cambiado las tornas. Y todo se debe, probablemente, a dos factores: el cese de la actividad asesina de ETA y la actitud pragmática del PNV. Los vascos han comprobado que la lucha armada, además de dolorosa, es estéril. Y los dirigentes del partido han entendido que ligados a España y con el sistema fiscal del que disfrutan, la independencia puede esperar otro siglo con toda tranquilidad.

No sé cómo aplicar esta lección a Cataluña, si la fórmula del concierto es inaplicable. Pero sí creo saber cuatro cosas: que cuando los políticos son sensatos, el ciudadano se apunta a la sensatez; que cuando se gestiona bien y no se asusta al inversor, se reduce el paro y el contribuyente menosprecia las aventuras; que cuando existe un problema de financiación y no se puede resolver con el pacto fiscal, hay que buscar una solución, cosa que no se hizo con Cataluña; y que cuando los administradores públicos no gastan el dinero en lujos soberanistas, embajadas y otras cuestiones identitarias, se pueden pagar las nóminas y el gasto sanitario y no hay por qué inventar que «España nos roba».