El gran desbarre de Ada Colau con nuestro Ejército


Para quienes no hayan leído la noticia, yo se la resumo: este miércoles, Ada Colau afeó a dos mandos militares, que se acercaron a saludarla mientras visitaba en Barcelona el Salón de la Enseñanza, la presencia de un estand del Ejército español. La alcaldesa aclaró que no deseaba verlo allí «por lo de separar espacios» y, acto seguido, Colau se fue orgullosa de su hazaña, no sin que antes los estupefactos militares le manifestasen que respetaban sus palabras. Como además había muchas cámaras, la felicidad de la alcaldesa, que debió sentirse Stanley Kubrick rodando Senderos de gloria, seguro que fue completa.

Es fácil imaginar que no hace tanto (durante la transición) hechos similares podían haber tenido un desarrollo muy distinto. Y es que probablemente habrían sido entonces los mandos militares presentes en el evento quienes se hubieran negado en redondo a saludar a una dirigente política izquierdista, que, entre otras cosas, defendiese el derecho a la autodeterminación de Cataluña.

Qué ha pasado durante los cuarenta últimos años para explicar este cambio sideral: pues que, sucesivamente, UCD, el PSOE y el PP han impulsado una política de profesionalización de nuestro Ejército que acabó traduciéndose en su escrupulosa subordinación al poder civil del Estado que es ya, de hecho, el único existente. Es decir, todos nuestros Gobiernos democráticos, de 1977 en adelante, han hecho lo contrario de lo que a Colau le parece tan moderno: lejos de separar espacios (manteniendo al Ejército apartado de la sociedad, como un pequeño estado dentro del Estado) los han comunicado, haciendo presentes los valores de la sociedad en las fuerzas armadas y promoviendo su acercamiento a la sociedad. Tal política no ha sido, por lo demás, un invento español: basta leer un libro clásico al respecto (The Soldier and the State, de Samuel Huntington) para saber que la profesionalización ha sido la clave de la despolitización de los más modernos Ejércitos del mundo.

Claro está que, por si todo ello fuera poco, la señora Colau -quien, como tantas otras cosas, ignora sin duda lo que acaba de apuntarse-, debería explicar si le parece deshonroso ser militar o que una parte de los jóvenes españoles opten por esa dignísima profesión como otros deciden ser médicos, cocineros, abogados o bomberos. ¿Cree Colau que los españoles se avergüenzan de que su Ejército lleve años participando, como otros de los grandes Estados democráticos del mundo, en importantísimas misiones internacionales, desde Kosovo hasta Mali, desde Haití hasta Bosnia-Herzegovina, desde Líbano hasta Honduras, entre otras muchas?

A la postre, la increíble y bochornosa actuación de la alcaldesa de la segunda ciudad de España en el Salón de la Enseñanza pone de relieve con quién nos jugamos los cuartos (¡y nunca mejor dicho!): con algunos líderes y partidos que son, a fin de cuentas, pura caverna (sectaria, incivil e irrespetuosa con la pluralidad social e institucional) en contraste con un Ejército moderno cuyo comportamiento es ejemplar. Tal es la lección que nos enseña la grotesca hazaña de Colau.

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