Circula por la red un chascarrillo que celebra que, gracias a que no hay Gobierno, llevamos dos meses sin recortes, sin subidas de impuestos, sin leyes represivas, la gasolina barata, y se termina preguntando: «¿Estáis seguros de que queréis que se forme Gobierno?». Desde luego, el redactor o redactora del panfletillo no es un militante del PP, sino todo lo contrario, pero es una muestra del sentido del humor que aún queda en este país y recoge un estado de opinión medio conformista/medio anarquista que se resume en decir que estar sin Gobierno tampoco es tan malo.
Pues no se crean. Podemos hacer una rápida relación de efectos negativos que la falta de acuerdo entre los partidos está provocando en la política y la economía. Empezando por la jefatura del Estado, el rey tuvo que suspender dos importantes viajes al Reino Unido y Arabia Saudí. Desde que se celebraron las elecciones solo salió del territorio español para asistir a la toma de posesión del presidente de Portugal. El resto de las relaciones exteriores también están bajo mínimos: ni hay visitas a otros países ni llega a España ningún mandatario extranjero. Y en su conjunto, el Gobierno despacha los viernes los asuntos de trámite, pero no puede tener ninguna iniciativa legal o de alto interés. Con razón el sindicato de funcionaros CSIF denuncia la paralización administrativa.
En la economía no sabremos lo que pasa hasta que se publiquen los datos del PIB de este primer trimestre. Pero el ministro de Hacienda anotó ayer un descenso de la recaudación atribuible al descenso de actividad. El dinero sigue siendo tan cobarde como siempre. Está agazapado o saliendo de España por si las condiciones se tuercen. Añado por mi cuenta lo que me parece un síntoma: la venta de viviendas. Después de un buen año 2015, en enero esas ventas bajaron un 2,9 por ciento. La explicación más razonable es que la gente no se mete en hipotecas a medio o largo plazo si no tiene seguridad de futuro.
Y ayer, lo más insólito: el Gobierno, como está en funciones, se niega a someterse al control del Parlamento. Nunca había ocurrido en la historia de nuestra democracia. El señor Ayllón, secretario de Estado, lo explicó: «No podemos someternos a iniciativas de control por parte de una Cámara que no ha otorgado su confianza al Gobierno en funciones». Y además «no tiene ningún sentido» que el Congreso de la XI legislatura controle al Gobierno de la legislatura anterior. Así, nos quedamos sin saber lo que ocurrió en Bruselas con las decisiones sobre refugiados y, si un ministro comete un error de gran calibre, nadie le podrá exigir explicaciones. Así estamos, señores. ¿Y así vamos a estar medio año más? Este país no merece ese castigo.