Nuestra Europa, nuestra soñada Unión Europea, acaba de protagonizar uno de los episodios más tristes de su historia: acaba de demostrar su incapacidad política y humana de resolver el problema de los inmigrantes y refugiados que llegan a su territorio. Primero resultó vergonzosamente ineficaz para repartir entre sus naciones a menos de doscientas mil personas a las que se proponía socorrer y no llegan al millar las que fueron dignamente acogidas fuera de Alemania. Al mismo tiempo llenó de alambradas sus fronteras, asistió impasible a la proliferación de mafias que trafican con seres humanos y fue incapaz de socorrer a la auténtica multitud que perecía en sus costas. Y en la madrugada de ayer, el bochornoso acuerdo con Turquía. En este momento no hay nada más ridículo que los carteles que saludan a los refugiados desde la fachada del ayuntamiento de Madrid: «Refugees Welcome».
¿Por qué le llamo bochornoso? Porque, salvo corrección en el texto definitivo, no distingue inmigrantes de refugiados que huyen de la guerra o sufren persecución en su país de origen. Porque convierte lo que debía ser una acción humanitaria en una operación mercantil en la que se cambian cientos de miles de personas por 6.000 millones de euros. Porque no se garantizan condiciones de vida ni derechos civiles para esas personas, ni hay forma de garantizarlos en un país donde esos derechos se niegan a los propios nativos. Porque no sabemos si esa acción de hacinamiento de los migrantes será al final una lacerante humillación para ellos. Porque, como denuncia la ONU, se van a efectuar expulsiones en caliente, que son ilegales, y se abre un peligroso precedente en todo el mundo.
Por si estos motivos no fuesen suficientes para el repudio, asombra que sea objeto de mercadeo que los turcos puedan viajar por Europa sin necesidad de visado. Y asombra mucho más que se prometan al régimen de Erdogan todas las facilidades para agilizar el ingreso de Turquía en la Unión Europea. Hace solo unos días hemos visto cómo ese régimen asaltaba un periódico con soldados y gases lacrimógenos por la lacerante razón de que era un periódico crítico con el Gobierno. Quien asalta así la libertad de prensa no puede ser miembro de la Unión. Vale que se tenga alguna consideración hacia un sistema islamista, pero hay libertades básicas y derechos fundamentales cuya violación debiera significar la exclusión inmediata de la Europa democrática.
Estamos, pues, ante una rendición europea; ante la mayor confesión de incapacidad para resolver un problema humano; ante un ejemplo de falta de fuerza negociadora; ante una renuncia a elementales principios humanitarios, y ante un nuevo fracaso de la Unión como proyecto federal.