Nuestros ilustres políticos, que en los últimos años no supieron negociar otra cosa que el reparto de cargos institucionales, se disponen ahora a demostrar sus artes negociadoras. Tienen siete semanas por delante y una admirable disposición a hablar, hablar y hablar hasta la extenuación. Hasta nuestra extenuación, quiero decir. Eso sí: los indicios no pueden ser peores. Rajoy va a llamar a Sánchez y dice en la radio que puede acudir con quien desee, incluido Albert Rivera, pero la información posterior asegura que quiere a Sánchez en solitario. Rivera, a su vez, opina que no deben hablar los líderes, sino los equipos negociadores. Podemos no acepta a la pareja Sánchez-Rivera. Y Sánchez redondea la escena afirmando que es él quien tiene que llamar a Rajoy y no al revés, porque con Ciudadanos tiene más escaños que el PP. Solo en discutir quién es invitado, quién no y quién es el invitador, se pueden consumir varias semanas, o todas las semanas, poniendo a prueba la paciencia del país.
El rey Felipe, a todo esto, cumple estrictamente su misión constitucional y no quiere correr riesgos: les viene a decir que ponerse a negociar es cosa de los partidos, que él no se mete en política, que se pongan de acuerdo y, cuando lo consigan, que se lo comuniquen. El rey ya tuvo bastante con hacerle el encargo a Rajoy, entender sus razones para declinar, hacerle el mismo encargo a Sánchez y entender que no consiguiera los apoyos que necesitaba. Un tercer nombre no existe, una tercera oportunidad no cuela y la Constitución no le obliga a más.
En este panorama tan sugestivo y de final que hace preguntar a mucha gente por qué hay que esperar dos meses para convocar elecciones, resulta emocionante el papel que el Partido Socialista y Ciudadanos se han encomendado a sí mismos. Se encuentran en el centro del escenario, y piensan que valen lo mismo para un roto que para un descosido. Como punto de partida, y siempre que los demás se dejen, consideran que pueden sellar un pacto con el Partido Popular, pero también con sus máximos contrarios, que son Podemos, sus confluencias, Izquierda Unida y otras izquierdas que pasen por allí. Arrancan la aventura pactista con la derecha más conservadora y con la izquierda que termina sus discursos levantando el puño.
Esto es fantástico. Esto es el no va más del posibilismo político. Esto es el albur de la barba de San Antón o la Purísima Concepción. Esto sí que es la equidistancia. Diga usted que todo se hace por aquello de que nadie quiere ser acusado de que se niega a negociar, porque el que se niegue será el malo de la película y parece que el malo perderá las elecciones. Es decir, y deseo equivocarme, que estamos ante una representación.