Como la purga de Benito

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

El acuerdo mató el discurso. El acuerdo PSOE-Ciudadanos, sus famosas 65 páginas, ya nos habían dicho lo sustancial del programa y, por tanto, dejó a Pedro Sánchez sin novedad que pudiera impresionar. Mejor dicho: todos nos pusimos a buscar si algo se había caído por el camino y ¡cielos! se cayó la supresión de los diputaciones. Un par de barones socialistas que salieron a protestar pudieron más que todos los esfuerzos para encontrar un lenguaje común con Albert Rivera.

Pero Sánchez habló. Y habló durante 101 minutos. En la forma resulta llano y melifluo, con ciertas reminiscencias de Zapatero. En el lenguaje se le nota que ha leído más economía que literatura y Dios no lo ha dotado de riqueza expresiva. Pero le aplaudieron los suyos, le aplaudieron cada propuesta, no sé si por entusiasmo, no sé si por darle ánimo o porque había alguien en los escaños encargado de provocar el aliento de la grada, como Simeone en el Vicente Calderón.

Lo que no me quedó claro ha sido qué pretendía. Si era hacer un esfuerzo último para atraer a los diputados del PP, no parece que haya elegido el mejor método, porque la mitad del discurso ha sido para zurrar a sus políticas y echar a Rajoy. Si era para seducir a Podemos, no le ofreció la vicepresidencia a Pablo Iglesias, ni compró casi nada de su programa, con lo cual Iglesias salió del hemiciclo con un adjetivo en la boca: «decepcionante». Si quería atraer a los catalanes, la bondad resultó ostentosamente insuficiente. Pedro Sánchez intentó construir una mayoría a base de tres palabras («cambio, acuerdo, diálogo»), pero con palabras no se gana una presidencia del Gobierno.

El resultado lo veremos hoy y temo lo peor. Temo que las réplicas sean justamente aquello que quiso evitar Rajoy cuando decidió declinar la formación de Gobierno: un diluvio de críticas, una censura total, sin obtener a cambio la investidura ni la menor esperanza de ganarla. Será una pena, porque nos quedaremos sin ver cómo se gobierna «a lo Sánchez», sin imponer nada y atendiendo a todos, que ha sido una de las aportaciones filosóficas más atractivas del aspirante.

Al final, por ello, Pedro Sánchez dejó una cierta melancolía. El hombre tiene voluntad. Tiene programa, incluso demasiado programa. No hubo sector, público o privado, sin citar. Para todos tiene remedio, como la purga de Benito, y gran parte se podría poner en práctica «la próxima semana», el mantra que más utilizó. Pero, mecachis, ¿de qué sirven tantas ideas, si está claro que no las podrá poner en práctica? Siempre le quedará un consuelo: si ese programa no sirve para gobernar por falta de votos, siempre le servirá para la próxima campaña. «Pero devolviéndome lo mío», le dirá su socio Albert.