Desde que Suárez ganó en 1977 su primera presidencia democrática se han celebrado, hasta la de ayer, once investiduras y en todas el candidato logró su objetivo en primera o segunda votación. Sánchez, que será derrotado en ambas rondas por amplísima mayoría, tendrá el dudoso honor de ser en 39 años el único candidato no investido, lo que constituye un fiasco formidable. Lo hará, además, después de haber pronunciado el discurso de investidura más plano y sin ideas de todos los escuchados en el Congreso hasta la fecha.
Aunque en privado ya pocos niegan el devastador efecto que tendrán para el PSOE y para Sánchez la irresponsabilidad y el oportunismo del líder socialista, todavía colea por ahí esa memez de que su reciente actuación habría sido un dechado de virtudes: valentía, voluntad de acuerdo y preocupación por el futuro del país.
Nada más falso. Y es que el comportamiento del Sánchez candidato ha constituido un encadenamiento de despropósitos que no ha tenido otro hilo conductor que la obsesión por su futuro personal, lo que le ha llevado a pasarse de listo y acabar naufragando en un mar de contradicciones, trampas y mentiras.
Sánchez se lanzó a la investidura con la idea de cerrar un pacto de izquierdas, pues como repitió una y otra vez, «los votantes de Podemos y PSOE no entenderían que no nos pusiéramos de acuerdo». Tal fue la razón por la que se sacó de la manga el referendo en su partido: para puentear a los barones. Pero, tras reclamar Iglesias un Gobierno de coalición, Sánchez cambió de dirección, abandonando el pacto a la izquierda para intentarlo a la derecha. El programazo, claro, no supuso ningún problema para él, pues, tratándose de ideas, a Sánchez lo mismo le da troncho que berza.
Fue a partir de ahí cuando el timo y los embustes dominaron toda su acción y su discurso: engañó sin titubear a Podemos con Rivera, presentó el pacto con este como si se tratase del de Yalta, firmó con C?s un programa lleno de vaguedades pero contradictorio con el que había dejado entrever tras los iniciales contactos con Iglesias, lo vendió a la militancia socialista como un «acuerdo de izquierdas» tras haberse cansado de calificar a Rivera como «la misma derecha que el PP» y culminó tales desatinos convocando un referendo en el PSOE que solo puede calificarse como una payasada. ¿Y todo para qué? Para cometer un error infantil, fruto de su bisoñez y su soberbia: la expectativa de lograr la abstención del PP o de Podemos, que, como cualquier persona con dos dedos de frente ya sabía, le han dicho que nanay con una lógica que no admite discusión.
Sánchez saldrá de esta trágica aventura hecho unos zorros. Pero para dar la auténtica medida de su completa inanidad solo falta que en el plazo de dos meses que ahora se abre intente acordar con Podemos un programa que contradiga pe por pa el pactado con Rivera. Quizás entonces los pocos forofos que aún le quedan se convenzan de en qué manos está hoy el PSOE, por desgracia para él y para España.