Olores


Asistí en la Real Academia de Medicina a la conferencia que impartió el doctor arquitecto Ramón Rivera López sobre lo que él llama la oliartía.

El término hace referencia a la forma en que se pueden aplicar los olores para conseguir, no solo efectos placenteros, sino beneficiosos en algunas patologías.

Rivera ha investigado el asunto y ha desarrollado un aparato que llama el oliartel, con el cual se pueden construir melodías olfativas combinando lo siete olores básicos: floral, mentolado, alcanforado, acre, almizclado, éter y pútrido, que son de donde se obtienen todos los olores existentes. Mostró algunas partituras y avanzó que también se pueden grabar en tarjetas digitales convencionales para olfatearlas con el aparato igual al que se utiliza para escuchar un cedé.

El tema me resultó sugerente por lo que de redescubrimiento tiene del sentido más primitivo, potente y útil, al mismo tiempo que olvidado y relegado en la actual cultura visual. Sin embargo, no seríamos nada sin el olfato. Entre otras cosas es el único sentido que permanece despierto incluso durante el sueño, lo que ha hecho de él una especie de centinela o alarma de seguridad. Está demostrado que las mujeres tienen más desarrollado el sentido del olfato que los hombres y son capaces de reconocer el estado de sus bebés por el olor. Como probado está que cuando tenemos hambre, el sentido del olfato se agudiza para localizar y saborear mejor la presa o la pizza.

Las emociones no huelen, pero los olores desencadenan emociones mucho más intensas que cualquier otro sentido. Un simple olor nos regresa automáticamente a una escena vivida y registrada en nuestro cerebro emocional. Decía Dalí que, de los cinco sentidos, el olfato es sin duda el que mejor da la idea de inmortalidad. El olor a pan recién hecho, a hierba mojada, humedad, primavera, mar... son balas directas a nuestros recuerdos. Neurofisiológicamente las vías cerebrales responsables del olfato son de una complejidad enorme y su descubrimiento en el 2004 les valió el Nobel a sus descubridores.

Sabido es que el aroma nos transporta por los recuerdos mejor que ningún otro, que existe el amor y el rechazo al primer olfato. Cuando huelo el aroma de una pipa recuerdo con nitidez el aspecto del hombre que me regaló ese olor por primera vez y la me asombraba la sinestesia de un primer amor que era capaz de oler el color amarillo.

Y pensaba qué pasaría si me sentara al borde del mar escuchando el Mediterráneo de Serrat y encendiera el oliartel para esnifarme una pieza de música olorosa con aromas de genista, pino, romero, chapapote, aceite bronceador, salitre y sirenas.

No me pareció un mal plan.

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