Pedro Sánchez y Albert Rivera han decidido compartir una jornada de pesca. Prepararon caña y sedal, calzaron botas de goma, se enfundaron sendos impermeables porque el tiempo anda revuelto y acordaron el cebo que, en teoría, permite capturar truchas y salmones indistintamente. Tampoco olvidaron la cesta por si todavía suena la flauta y algún salmónido despistado pica el anzuelo. Y eso es todo -siento defraudarlo, amigo lector- lo que puedo decir sobre el acuerdo suscrito por el PSOE y Ciudadanos. Por no saber, ni siquiera sé si existe río donde pescar o solo un estanque de aguas muertas. Cabe sospechar incluso que Sánchez y Rivera se preparan no para la investidura de marzo, sino para la nueva temporada de pesca que se abrirá en junio. El monumental cabreo de Podemos, a modo de novia desairada, y la réplica no menos brutal del PSOE así parecen indicarlo.
Cualesquiera que sean las intenciones de los pescadores, no menospreciemos sus preparativos. Ahora están mejor pertrechados que hace un par de meses. En la noche del 20D olían ambos a cadaverina y los analistas coincidían en que, de repetirse las elecciones, medraría el PP a costa de Ciudadanos y Podemos laminaría al PSOE. Desde hace semanas no he visto a ningún politólogo reiterar ese pronóstico. Existen vibraciones -y alguna encuesta- que indican exactamente lo contrario: que está bajando la cotización de Rajoy y de Iglesias, y que están al alza las acciones de Sánchez y de Rivera. Como el mercado político, y también el financiero, se caracterizan últimamente por su volatilidad, vaya usted a saber.
Los síntomas, en todo caso, son perceptibles. Mariano Rajoy parece irremisiblemente amortizado, ensimismado en su estrategia de laissez faire, laissez passer; paralizado por la corrupción que emerge a borbotones en Valencia y Madrid, y dicen que hasta disgustado con el rey porque el monarca se negó a secundar la estrategia que le propuso. Las prisas de Pablo Iglesias por vender la piel del oso antes de cazarlo, ocupar una vicepresidencia todopoderosa y acaparar carteras y secretarías a cambio de cederle «la sonrisa del destino» a un presidente secuestrado, tampoco parecen boletos para ser premiados por las urnas. Todo daba a entender que, con sus exigencias de máximos, Podemos abogaba por la repetición de las elecciones, pero quizá a estas alturas ya duden de que tal cosa les convenga.
Por eso intuyo que Pedro Sánchez, respaldado por Albert Rivera, llega a la investidura sin ningún ánimo de pescar la presidencia del Gobierno. Ni trucha ni salmón: ni abstención del PP, ni abstención de Podemos. Va simplemente a practicar y con media batalla ganada: nadie le discutirá el liderazgo del Partido Socialista en unas nuevas elecciones. El desahuciado del 20D, al que muchos le auguraban un papel de marioneta en manos de Podemos, tendrá una segunda oportunidad. Habrá que reconocerle que la ganó a pulso, aunque sus adversarios también le echaron una mano.