Esperanza Aguirre deja la presidencia del PP madrileño tras asumir la responsabilidad política por las graves acusaciones de corrupción existentes. Lo hizo a las 72 horas del registro de la sede de su partido. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Necesitó el gesto del juez de turno ordenando el registro para sentirse cuestionada? Afirma que ella no se enteró de ninguna tropelía que se cometiera en el PP matritense. ¿Constituye eso una atenuante o una eximente a la hora de evaluar su gestión? Si lo sabíamos todos los españoles, también debiera estar ella al tanto de lo que hacían sus más cercanos colaboradores.
Aunque soy de los que pienso que, al igual que el general MacArthur en Filipinas, ella también volverá, su marcha en estos precisos momentos tiene una doble lectura. La primera, y no la más importante, es abandonar la nave de un PP madrileño en donde la corrupción ha adquirido la condición de habitual. Y la segunda, hacerlo en el momento que peor le puede venir a un enemigo tan íntimo como Mariano Rajoy. Además es un irse muy relativo, ya que continuará como portavoz de los populares en el Ayuntamiento de la capital, lo que me lleva a pensar que en un futuro no muy lejano volverá a estar en la pomada. Ojalá me equivoque, pues su imagen daña, todavía más, la del gran circo de la vida política española.