Los pocos años que le llevo a Rajoy son suficientes para que en 1966 él fuese un niño que coleccionaba cromos de futbolistas, y yo un adolescente bastante molón que discutía con las chicas de Forcarei si eran mejores The Rolling Stones o The Beatles. Por eso es posible que Rajoy no recuerde la trepidante salida al mercado de Paint it Black, cantada por un Mick Jagger exultante, ni la apañada versión española que aquel mismo año hicieron Los Salvajes, que traducían el verso que todos sabíamos de memoria -«I see the girls walk by dressed in their summer clothes/ I have to turn my head until my darkness goes»- con esta facilidad: «Las chicas van vestidas con dibujos de op-art / La mitad es blanco mas lo tengo que adivinar».
Quizá por eso, porque su memoria es más corta que la mía, Mariano Rajoy no puede percatarse de que en su histórica legislatura 2011-2015 -marcada a fuego por una crisis financiera, social y política- ha pintado un magnífico cuadro op-art, con los vistosos escaques blancos de su gestión económica, y con los impenetrables escaques negros de una ola de corrupción que, siendo general, tiene el sello mediático del PP. Dicho cuadro, al que el tiempo le dará mucho valor, está enmarcado, para más inri, en un clamoroso déficit de discurso político -de valores, estética, compromiso, explicaciones, solidaridad, unidad y épica-, que arrastra la mirada hacia lo negro y obliga a imaginar los blancos inherentes a la estética op-art. Y por eso quiero recordarle al todavía presidente que a 45 millones de españoles les pasa lo mismo que a Jagger en 1966, y que Gaby Alegret cantó así de claro: «No sé qué pasa que lo veo todo negro/ Porque cualquier color se me convierte en negro».
También debo decirte, amigo Mariano, que solo unos pocos estamos dispuestos a imaginar sincera y honradamente los blancos escaques que yacen ocultos entre las revoluciones zero-zero -sin azúcar ni cafeína- y la información espectáculo que nos domina. Y que por eso se me antoja una tarea inútil -¡completamente inútil!- cualquier intento de distinguir el blanco del Gobierno del negro de la corrupción, o de recordar, como conviene, que ni siquiera la corrupción se puede combatir sin Gobiernos fuertes que lideren los cambios jurídicos y políticos que tan sórdida guerra necesita. Estamos viviendo tiempos de tribulación, en los que el plomo parece oro y el oro cobre, y en los que tú pareces un ninguén e Iglesias el mismísimo Pericles. Y mucho me temo que España, que no quiere salir de esta por la puerta de la racionalidad, haya escogido el camino del «borrón y cuenta nueva», que es, en términos políticos, el mayor error que cabe cometer. Por eso creo que tienes muchísima razón, pero que no te la van a dar. Salvo yo y dos o tres más, que somos libres, tenemos perspectiva y no vivimos de esto.