Pactar bajo los efectos de la corrupción


La historia de nunca acabar. Otra vez un enorme caso de corrupción. No habíamos terminado de digerir el escándalo Acuamed, con implicaciones en altos niveles de la Administración central del Estado, y nos encontramos con la redada de ayer en Valencia. Si hay 24 detenidos y se esperan nuevas detenciones, estamos ante una red muy extendida por los centros de poder del Partido Popular valenciano. Las andanzas de Gürtel por aquellas tierras, los trajes de Camps o incluso los pagos a Urdangarin parecen una minucia ante la dimensión del caso que ayer estalló. Piénsese que solo los sobrecostes de los colegios construidos por la empresa pública Ciegsa superan los mil millones de euros, según los informes iniciales de la Intervención de la Generalitat.

De nuevo nos encontramos ante una realidad muy contrastada: tanto tiempo de poder absoluto de un partido político da oportunidades para que se produzca una corrupción absoluta, siempre que haya quien se quiera enriquecer fácilmente. En Valencia lo hubo y ha sido una epidemia que infectó a todos los ámbitos institucionales. Los hechos relatados desmienten el discurso oficial que asegura que los latrocinios son cosa del pasado. Algunos, como este, tienen origen antiguo, pero se cometieron en la última legislatura. Ahora solo falta que se confirme lo que ayer se insinuó: que una parte del dinero robado se destinó a financiar ilegalmente al partido. Deseo pensar que no es verdad.

Dice Soraya Sáenz de Santamaría que la redada demuestra que el Estado de derecho funciona, que la corrupción se persigue y se juzga y que todas las fuerzas políticas tienen algo que esconder. Es cierto; pero los últimos episodios escandalosos pertenecen a la biografía del PP. Ahí están Bárcenas, la Púnica, la Gürtel, Acuamed y este último episodio valenciano. Al Partido Socialista le corresponden en los últimos años los episodios andaluces de los ERE y los cursos de formación. A Convergencia Democrática de Cataluña, toda la maraña del tres por ciento. Hay corrupción donde hay poder, y gran corrupción donde hay mucho poder, triste conclusión.

La desgracia del PP es que este nuevo escándalo salta en el momento peor: cuando necesita socios para formar Gobierno. Para Albert Rivera, que está predicando la regeneración ética de la clase política, no será fácil un pacto. Para los demás partidos resultará tentador continuar con el discurso muy ensayado que presenta al PP como «el partido de la corrupción». Es exagerado, pero es el lenguaje que se utiliza cuando está en juego el reparto del poder. Tendría narices que, después de haber perdido tantos votos por la corrupción, ahora no encontrase aliados por unos golfos. De Valencia o de Madrid, me da igual.

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