Tras las últimas generales son legión los españoles convencidos de que la extrema atomización del Parlamento es prueba irrefutable de salud democrática, pues de ella saldrá, supuestamente, un diálogo sanador de los vicios de nuestro régimen político. Yo no lo creo, pero antes de entrar a refutarlo, permítanme hacer dos precisiones.
La primera: aunque decirlo no esté de moda ahora, el diálogo no lo han inventado Iglesias y aliados. No: lo cierto es que en este país llevamos dialogando sin tregua cuatro décadas. Dialogamos, ¡y cómo!, durante la transición, el pacto constitucional, el proceso autonómico y el de modernización política, económica, social y cultural más profundo que jamás ha experimentado este país.
La segunda: el diálogo es sin duda fundamental, pero la democracia no es solo dialogar. Tras hacerlo, es necesario decidir, para lo que todos los sistemas políticos necesitan contar con grandes partidos capaces de vertebrar los múltiples, y con frecuencia contradictorios, intereses colectivos que existen en una sociedad tan compleja y plural como la nuestra.
Es aquí, precisamente, donde la atomización partidista constituye siempre un gravísimo problema. Alexandra Fernández, diputada de Anova en En Marea, ha insistido hasta cansarnos en que no haber obtenido grupo parlamentario «porque la mesa del Congreso está politizada» (¡inenarrable!) supone una desgracia democrática. Pero, más allá de que su queja carezca de razón, pues el reglamento del Congreso dice lo que dice aunque ella no sepa interpretarlo, seguro que Fernández no se ha parado a pensar qué pasaría si en la Cámara hubiera 17 grupos parlamentarios del PP y otros 17 del PSOE, y todos y cada uno tratasen de representar sus propios intereses sin atender a los de los otros territorios. O qué sucedería si los dos grandes partidos fueran la suma de grupúsculos, que viven en un proceso permanente de fragmentación, como le ha ocurrido al BNG y AGE, su escisión, que ha sufrido, por su parte, otras escisiones. Porque, vamos a ser claros: el sistema político español, tan profundamente descentralizado que es, de hecho, federal, ha conseguido no solo funcionar, sino hacerlo integrando en una síntesis razonable los muy diversos intereses (de clase y territorio, sobre todo) existentes en España. Si en lugar del PSOE y el PP nuestro modelo de partidos hubiera sido el que hoy aplaude tanta gente, estaríamos como en Italia: desgobernados y siempre al borde del abismo.
Sé bien, porque he dedicado a ello muchas páginas, que nuestra democracia es manifiestamente mejorable. Probablemente como todas. Pero pensar que esa mejora va a llegar de la mano de una fraccionalización extrema de nuestro sistema de partidos es, ante todo, un grave error. Basta mirar hacia Italia para comprobarlo de un modo tan contundente como trágico: en solo tres años de la última legislatura 325 diputados y senadores han cambiado de chaqueta. ¿Es ese despiporre lo que queremos para España?