El viernes, Pablo Iglesias llegó a la Zarzuela y le dijo al rey: «He estado viendo los ciervos». No sabíamos entonces si la frase era una contraseña o una censura sutil de las aficiones cinegéticas del anterior monarca porque después habló con los periodistas y le clavó a una: «Bonito abrigo de pieles». El de Podemos se recuperaba de la emoción que al parecer le produjo la fauna de palacio cuando de pronto se ofreció como vicepresidente de Sánchez; le acariciaba con aspereza la cabeza mientras lo acompañaba al cadalso y le decía en tono de nana: «Que seas presidente es una sonrisa del destino que siempre tendrás que agradecer». Vimos después manotear al socialista, apenas un entretenimiento, porque el cierre del acto primero le correspondía a Rajoy, que a pesar de lo que había dicho en los últimos días al final confesó que hará lo único que de verdad es lógico, porque nadie se humilla pidiendo algo que de antemano sabe que no se le va a conceder. Que su partido insistiese en mandarlo a una investidura inverosímil es un síntoma de lo que en el fondo opinan de él.
Así que en el segundo acto tenemos a Iglesias y a Rajoy disfrutando de una alianza táctica que indica: «El enemigo de mi enemigo es mi amigo». En este momento de la trama, a ambos les interesa lo mismo, nuevas elecciones y achicar el espacio del adversario. En el caso del PP es Ciudadanos; en el de Podemos, el PSOE. Porque a pesar de la diversidad coyuntural, España tiende al bipartidismo.
Tenemos ahora a Pedro Sánchez en el acto central de la obra. Puede que esté muerto y que todavía no sepa que lo está.