La noticia saltó a última hora de la tarde ayer: Rajoy declinaba el ofrecimiento del rey de ser candidato a la presidencia del Gobierno. Fue el cierre inesperado de una jornada en la que los otros dos principales actores, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, habían escenificado de forma dispar su voluntad de alcanzar un acuerdo para formar ese Ejecutivo al que Rajoy renuncia por el momento, precisamente para forzar al PSOE y Podemos a saltar al ruedo con los detalles de su alianza.
Porque Pablo Iglesias anunció ayer que negociará ante las cámaras con Pedro Sánchez. Hará un nuevo Gobierno como quien hace una tertulia. No habrá secretos. Todo ante el pueblo. Tendremos un ministro de Plurinacionalidad, con lo que cual se resolverá el problema territorial. Los pobres tendrán asistencia, casa y electricidad. Él será vicepresidente y Podemos tendrá cuatro notables ministerios. Y obtendrá de Bruselas cómodos plazos para arreglar el déficit público. Lo malo es que un poco antes de anunciar esto, el señor Moscovici, comisario europeo de Asuntos Económicos, había comunicado: «Los ajustes seguirán sobre la mesa, gobierne quien gobierne en España». ¡Al bienintencionado Pablo se le viene encima Bruselas!, y lo escribo entre signos de exclamación, porque Bruselas marca objetivos, sanciona desvíos, controla y censura presupuestos. Bruselas es la autoridad y ser miembro de la Unión es renunciar a parte de la soberanía. Prometer medidas de recuperación social es verdaderamente hermoso, verdaderamente justo tal como está España, verdaderamente necesario y? verdaderamente fácil. Lo difícil es hacerlo compatible con las exigencias comunitarias. Y Bruselas no anda con eufemismos. No habla de reformas. Habla de ajustes.
Y lo peor es que el cielo pomposamente prometido por Pablo no está hablado todavía con el partido principal de la hipotética coalición, al que tampoco se consultó el generoso reparto de ministerios. Se ha vendido la piel de un oso que no se cazó. Y como Iglesias no es ningún ingenuo, sino todo lo contrario, lo que hizo fue un juego sensacional: intenta ganar a Pedro Sánchez la carrera del cambio. Intenta demostrar quién tiene la iniciativa. Comenzó la contienda por el liderazgo de la alianza. Lo que va a conseguir es que el Partido Socialista rechace esas proposiciones, con el argumento añadido de la aceptación por Podemos del derecho a decidir. Un gran partido como el PSOE no puede aceptar sin más esa imposición, por no decir esa humillación.
Con lo cual deja a Pedro Sánchez en una curiosa situación. Por una parte, ayer casi parecía un hombre de Estado frente a las alegres proposiciones de Iglesias. Por otra, parecía un político emparedado: a un lado, el Moscovici de los ajustes amenazantes; al otro, el PSOE obligado a no transigir; por delante, el PP que se crece ante tales propuestas, y por detrás, Podemos.