Quieren silenciar su voz. Queda penalizado escribir libros, dar conferencias y publicar artículos de opinión más allá de los sesenta y cinco años de edad. Es la condena al escritor pensionista. O lo tomas o lo dejas, o cobras una pensión, por mísera que sea, o sigues escribiendo y editando y renuncias a la percepción pública. Allá tú. No hay más opción. La jubilación impone un punto y aparte.
El ministerio de Trabajo, amparado en el de Hacienda, contradicciones aparte, castiga a los perceptores de una pensión con no poder cobrar por sus obras de creación. O una cosa u otra. Esta norma no tiene parangón en los otros países de la Unión Europea, que miman y protegen a sus creadores, sean escritores, pintores o cineastas. La cultura es la memoria de un país. Somos grandes si nuestra actividad cultural es poderosa. Aquí se entiende del revés, si a juicio de Larra escribir en España era llorar, ahora además se condena a quien escribe a una vejez precaria, y digo precaria porque muchos de los autores castigados han sido contribuyentes autónomos y su pensión ronda los mil euros mensuales.
Lorenzo Silva contó la historia última de Walter Benjamin para ilustrar dialécticamente ese desprecio hispánico a los autores. Han pasado muchos años, pero el ninguneo del poder es una historia interminable. Grandes creadores españoles, gloria de las letras hispánicas como Caballero Bonald o Gamoneda, que gozan de los mayores reconocimientos públicos, como el premio Cervantes, tienen que dejar de escribir si quieren seguir percibiendo su pensión.
Un tímido movimiento de apoyo y denuncia está intentando parar o corregir este gigantesco despropósito. Ignacio Martínez de Pisón escribió en La Vanguardia un luminoso artículo sobre este tema, y change.org inició un movimiento popular recogiendo firmas para corregir la tropelía.
Pero estamos solos, el poder, que es quien maneja el BOE, ha actuado contra de nosotros, y la oposición continúa callada, ofreciendo la alternativa de quien calla otorga.
Nuestro silencio cuando apaguemos la pantalla del ordenador es, será, una maldición que se activará cuando nuestras voces calladas se difundan por circuitos que el poder no podrá controlar. Conozco muchos casos dramáticos de autores que no han podido optar por seguir escribiendo, Lo contaba la diputada de Ciudadanos Marta Rivera de la Cruz, en su doble condición de escritora y política. Confío que su voz se oiga, se escuche en el Parlamento y sea el eco de quienes no tienen mecanismos para dejarse oír.
No es solo una cuestión corporativa, es la apoteosis de la mezquindad pública, es la expulsión del pequeño paraíso doméstico de quienes no se han arrodillado ante las lisonjas del poder, aquellos escritores indomeñables, la mayoría de los que militamos en este oficio, que no renunciamos a ser críticos, independientes y libres. Y así nos va. No nos arrepentimos porque no hay delito de lesa patria en nuestro currículo colectivo.