Cuando en julio del 2014 Pedro Sánchez llegó a la secretaría general, la situación del PSOE era tan mala que solo cabía esperar una mejora. Muy pocos podían imaginar que en solo un año y medio llevaría a su partido al peor resultado de su historia y generaría una división interna sin precedentes por buscar una alianza con fuerzas antisistema, populistas e independentistas para convertirse en presidente. Con Rubalcaba, el PSOE era un partido herido, pero con sentido de Estado, convicciones y una idea de España. Hoy, es una fuerza política a la deriva, sin principios, fracturada, sin proyecto de país y sin otra meta aparente que salvar el pellejo de su líder. La responsabilidad de Pedro Sánchez en esa dramática situación es absoluta, porque desde hace mucho tiempo era evidente el complicadísimo panorama que le aguardaba al PSOE tras las generales.
Sin ir más lejos, y si me perdonan la pedantería de citarme a mí mismo, en este artículo http://goo.gl/Ezm636 escrito el 18 de agosto del 2015, cuatro meses antes de las elecciones, se describía ya punto por punto el escenario político que estamos viviendo ahora y se dejaba claro que la endiablada encrucijada de Sánchez se resumiría en dos únicas posibilidades tras las elecciones: susto o muerte. O pactar con el PP aceptando las presiones que iba a recibir para ello, o suicidarse y dividir al PSOE tratando de encabezar un Gobierno pactando con Podemos, sus aliados y las fuerzas independentistas. Y, pese a ello, no hizo nada para que el partido se preparara para luchar porque fuera el PSOE, y no el PP, el que encabezara la gran coalición que se antojaba inevitable.
Otros socialistas con más experiencia, visión política y sentido de Estado, como Felipe González, habían detectado ya el dilema, agravado por el desafío independentista catalán. El expresidente del Gobierno advirtió hace ya más de un año que después de las generales podría haber un Gobierno del PP apoyado por el PSOE «o al revés» porque los partidos tienen que responder a «lo que España necesite en cada momento». Es decir, el PSOE debe tratar de gobernar, pero si no lo consigue, el interés de España y los principios del partido son lo primero.
Pero Pedro Sánchez, al contrario, puso su interés personal por encima del PSOE y del país y se dedicó irresponsablemente a cerrar cualquier puerta que no pasara porque él gobernara pactando con una amalgama de partidos que nada tienen que ver entre sí y que sumirían a España en el caos político y económico. Poner los votos socialistas al servicio de Podemos para entregarle, entre otras, la alcaldía de Madrid y negarse a declarar públicamente, como le recomendaron otros destacados dirigentes socialistas y como hizo Zapatero, que solo sería presidente si era el más votado, certificó que Sánchez renunciaba a ganar las elecciones. El resultado es que el PSOE es preso de Podemos si quiere gobernar. Y, lo que es peor, si se repiten las elecciones, sus opciones seguirán siendo las mismas. Seguir preso de Podemos o dejar gobernar al PP.