Cómo integrar a quien no quiere integrarse

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

18 ene 2016 . Actualizado a las 05:00 h.

No solo resulta necesario integrar en nuestra sociedad a aquellos que lo demandan, sino también a los que corren el riesgo de exclusión. Y hacerlo con el corazón generoso, con grandeza, sin pretender dar lecciones a nadie. Es el deber de los que vivimos en la parte amable del mundo. Conviene decirlo porque en estos últimos meses se había propagado la idea de que Galicia y España eran los más abyectos de los mundos posibles: en campaña algunos no dejaron de repetirlo. Todo comenzó hace años, cuatro más o menos, cuando se pintaba una España catastrofista poco después de que el Partido Popular lograse una mayoría absoluta histórica. A los pocos días los titulares de cierta prensa anunciaban el inminente rescate y los periódicos amigos del extranjero fotografiaban cubos de basura para dar una imagen ad hoc. Ya casi nadie lo recuerda. Yo, sí.

El país crece ahora al 3 %. Podía ser mejor, cierto, pero ya hemos estado peor. Vivimos, pese a todos los pesares que con razón ustedes puedan proponer, en la cara A. Somos parte del mundo desarrollado, ese al que acuden en busca de asilo millones de seres humanos que no han tenido la fortuna de nacer aquí. Y nuestro deber, insisto, es acogerlos. Pero sin estridencias. Porque algunos alzan la voz de modo tan atrevido que uno quisiera preguntarles: ¿Por qué no los mete usted en su casa? Son los mismos que critican la educación privada y sus hijos acuden a los colegios de élite. Los que repudian el capitalismo y poseen sociedades de inversión en capital variable cotizando el 1 % al fisco. Los que dicen que el gallego es la gran lengua y luego les dan a su prole el Cola-Cao en castellano. Los que reniegan del empresariado y son empresas en sí mismos. Los que ofrecen una apariencia humilde y facturan cantidades millonarias, que no comparten con nadie, enarbolando la bandera del ecologismo o la solidaridad. Es el cinismo en estado puro.

Y termino la argumentación para responder al interrogante del título. No podemos hacer políticas de inclusión plena en nuestra sociedad con aquellos que solo quieren usarla en beneficio propio: obteniendo todos los derechos sin ningún deber a cambio. Ni a aquellos que con su modo de vivir ofenden el nuestro. Ni mucho menos a los que postulan valores contrarios a la convivencia y progreso social. Porque harta, hasta el paroxismo, que algunos desprecien a los católicos y se callen ante algunos usos y costumbres de otras religiones. Harta el machismo de determinadas etnias o culturas y el silencio de tantos, y tantas, ante ello. Harta, en definitiva, que el Estado pretenda integrar a quien no quiere integrarse. Y no lo digo por lo que sucedió recientemente en Alemania. Lo digo también por aquí al lado. A su lado, querido lector.