Tras haber sublimado su debacle y neutralizado, al menos aparentemente, la contestación con la que los barones socialistas trataron de evitar el definitivo descalabro del PSOE, Pedro Sánchez, ya decidido a jugar sus cartas como lo hacen los trileros -es decir, tratando de engañar a todo el mundo-, insiste en su idea de convertirse en presidente de una mayoría progresista.
Aunque hay claros indicios de que el objetivo podría ser iniciar una negociación con Pablo Iglesias, que sabe imposible de antemano, solo para culparle luego del fracaso, lo que explicaría que los barones socialistas (conscientes ya de que el intento no saldrá) le permitan ahora lo que hace nada le prohibieron, la cesión al PNV de un puesto en la mesa de la Cámara alta y el préstamo escandaloso de cuatro senadores a los dos grupos independentistas catalanes, indicarían, por el contrario, que el líder socialista podría aspirar de verdad a lo que dice, suposición muy pertinente para plantear la pregunta del millón: y esos progresistas, señor Sánchez, ¿quiénes son? ¿Podemos y sus marcas territoriales? ¿ERC? ¿IU? ¿Bildu?
Nada diré de Bildu, pues sé que ningún socialista, ni aun tras un duro proceso de inmersión zapaterista, puede calificar de progresistas a los herederos de ETA-Batasuna. ¿Y ERC? Bueno, lo será si se considera progresista creer que lo que determina la identidad de las personas es su lugar de nacimiento (su tribu) y no la autonomía personal propia de ciudadanos libres; o que es progresista pasarse por el arco del triunfo el respeto a la Constitución, a las leyes y a las sentencias de los tribunales; o defender que parte de una comunidad puede privar, mediante la secesión, de su nacionalidad a la otra parte; o la imposición lingüística, que también practicó Franco, basándose en ideas similares -que una nación debe hablar solo una lengua- a las de los nacionalistas.
Gran parte de lo que acabo de apuntar para ERC es aplicable a Podemos y a sus marcas, algunas de las cuales defienden también la secesión a gogó. Pero en el caso de Podemos, aliado esencial en esa mayoría supuestamente progresista, Sánchez debería explicar con claridad si considera que es progresista la colaboración, antes, y la defensa, ahora, por parte de Podemos, de un régimen que encarcela a sus adversarios y persigue las libertades democráticas, entre ellas la de prensa; o si le parece progresista el antieuropeísmo de Iglesias y los suyos; o su antipartidismo reaccionario, que los llevó a calificar a todos los partidos españoles como una casta corrupta que debía ser eliminada; o su juicio sobre la transición («una traición al pueblo») o sobre la Constitución de 1978, («una imposición de los poderes fácticos»).
Quizá Sánchez considere progresista lo que no entiende de ese modo ningún socialdemócrata europeo. De ser así, el problema del PSOE sería, por desgracia para España, mucho más grave de lo que parece a simple vista.