Vanidad narco


A los narcos casi siempre les pierde lo mismo: la vanidad. Suelen ser muy inteligentes y duros, pragmáticos. Se acostumbran pronto a ganar tanto dinero como quieren, mucho más del que necesita un país entero de buen tamaño: recordarán que Pablo Escobar se ofreció a pagar él solito la deuda externa de Colombia o que, como ya no sabía qué hacer con tantos billetes, como no había lavadoras de dinero capaces de procesar tanta colada, los metía bajo tierra y aún siguen apareciendo. Se acostumbran también al poder: controlan ejércitos de sicarios, disponen de medios avanzadísimos, no se paran a contar los muertos porque la gente les pertenece. El negocio funciona así: les sirves o no. Lo tienen todo, pero pasan la vida escondidos y parece improbable que la historia termine tratándolos bien.

Por eso encargan corridos que canten sus hazañas y mausoleos enormes que las recuerden. Vale la pena, por ejemplo, visitar el cementerio de Medellín, donde algunos se llevaron a la tumba grabaciones sin fin de sus canciones preferidas. Es su forma de colarse en la historia. Pablo Escobar o el Chapo no se conformaron con tan poco. Escobar intentó la política y el Chapo, el cine. Muy probablemente, ambos se sirvieron de importantes agencias de comunicación para que la gente los viera como ellos se veían a sí mismos: grandes líderes, hombres con una visión imponente para los negocios.

Horteras vanidosos y sin clase, por eso se perdieron. Pablo Escobar llegó a construir su propia cárcel. Otros son más discretos y ahí siguen disponiendo de la vida de tantos, admirados por la gente que desprecian, ya encerrados en su propia cárcel sin darse cuenta, sin dedicarse al narcotráfico siquiera.

@pacosanchez

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