En manos de quién estamos (II)


Los domingos -ayer-, uno se inclina a que sean plácidos y sosegados, pero la fuerza de la actualidad, como una patada en el bajo vientre, lo empuja a contrariarse. Los lunes también toca eso: contrariarse. La semana pasada el lunes cayó en Día de los Inocentes y esta, con el 2016 ya iniciado, toca en Pablo Neruda, que dijo: «Hay un cierto placer en la locura que solo el loco conoce». Los sensatos ya ven la locura -mejor, la majadería- como algo consuetudinario y frecuente. Es la España del callejón del Gato que La Voz de Galicia imprimió recientemente en su portada: «El esperpento». Es la CUP, que dijo no, pero hace unos días dijo casi. Un empate a 1.515 votos que los expertos en estadística y matemática ven más improbable que la posibilidad de que nos toque la lotería. Pero creámoslos, ellos inventaron la democracia y no los griegos. Los mismos que actualmente son gobernados por el amigo de Pablo Iglesias, Tsipras, y la extrema derecha. Pero ahora ya no son amigos, ni siquiera conocidos. Distantes, como Maduro y Venezuela.

Voy con ellos, porque mucho me temo que el título de esta columna, que hoy va por su segunda entrega, se prolongará a lo largo de los próximos días. Somos reos de la locura en la que algunos encuentran fruición. Que todo vaya mal para que a nosotros nos vaya bien, parecen proclamar tácitamente. La Cataluña grande que antaño conocimos y gozamos se ha convertido en el festival mundial de la comedia, por no decir del horror. Y a España le puede pasar lo mismo.

Anoto una prueba incontestable. La redactó ayer en una red social Ramón Espinar, diputado en la Asamblea de Madrid y senador por Podemos. Dijo: «Enhorabuena a la CUP. Puede dar o no réditos electorales, pero la dignidad y la decencia son imprescindibles en política. Mis respetos». Tildar como digno y decente el comportamiento de la CUP es, como poco, una imprudencia. Por no decir un disparate. Cataluña, hundida. Mas y los suyos y su independencia, convertidos en bufones de Europa entera. Y nosotros, esperando que nos alumbre la mesura y el buen juicio.

Porque de no ser así, yo seguiré escribiendo columnas con el título de esta. Porque los gallegos y el resto de españoles, como los catalanes, estaremos al albur de minorías sectarias e intolerantes. Porque Podemos y CUP y Colau y Carmena y Noriega y Ferreiro vienen a ser ingredientes del mismo puchero. Y porque, en conclusión, cuando se vota con los pies solo queda esperar patadas.

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