No hay otra conversación. Hay mamás indignadas. Hay otras que han decidido que sus hijos no van ese jueves a clase. Hay mamás que no le dan tanta importancia. Me refiero al día después de Reyes. Me refiero a que no es festivo. Siempre era festivo. Era esa día glorioso en el que se prolongaban las vacaciones navideñas para que los chavales estrenasen los juguetes a su gusto. Era como la tríada mágica. La emoción de la cabalgata la tarde del día 5, con los corazones galopando en el pecho de los pequeños. Arremolinados con sus familias a la caza de caramelos en los arcenes de las ciudades y villas. Después, la mañana de Reyes, con los críos levantando a unos padres todavía ojerosos de la cama a empujones para ir al árbol a ver si había regalos. Ese día seguía con el recorrido por las casas de los abuelos para comprobar si allí también los Reyes habían dejado algo. Y la jornada siguiente, aún sin colegio, enterita para que los niños dieran rienda suelta a estrenar y jugar con lo que sus majestades de Oriente dejaron para los pequeños. Este año no toca. Este año, tras el día de Reyes, hay que ir al colegio. Así de serio se ha puesto el calendario escolar. También hay padres más pitufos gruñones que creen que está bien que haya clase. Que tiran por el discurso de que los niños de hoy están demasiado consentidos. Que todo son melindres y mimos. Que así solo construimos críos flojos y débiles. Que ya está bien de vacaciones de navidad. Pero la magia no ha matado a nadie y alargar la poesía un día no hacía daño. Ya tenemos demasiada prosa alrededor. En el país de los puentes y acueductos festivos, qué más daba dejar ese día como estaba. Libre, para que corriesen las bicis y los patinetes.