Abolida la fraternidad en Galicia


Fraternidad viene de frater. Lo digo por si no se sabe. O a lo mejor se conoce el significado pero se desconoce la experiencia fraterna. Una sociedad sin hermanos, a lo sumo, teoriza sobre la hermandad. Como en Galicia cada vez hay menos niños y, entre ellos, abundan los hijos únicos, no estaría mal recordarlo en los colegios antes de comenzar a explicar qué fueron los irmandiños, las irmandades da fala o cómo nacieron las confrarías de nuestros hombres de mar. Ya de paso se podría recordar que patria viene de pater, como matria debiera proceder de mater, y hasta que el concepto de nación, edificado sobre la simiente de la revolución francesa, procede de la noción de un lugar común a una sociedad donde hay nacimientos, donde nacen niños que colmarán los huecos vitales dejados por los difuntos. El lenguaje moldea el pensamiento abstracto. Por eso Orwell nos advirtió de los riesgos del newspeak, la neolengua, que tanto se propaga ahora.

Liberté, égalité? solidarité. ¿Solidarité? ¿Era así? No, era fraternité. La solidaridad es un concepto relacionado con la responsabilidad patrimonial in solidum, donde un acreedor puede exigir un pago a cualquiera de los deudores. Por eso el diccionario, al definir la solidaridad, habla de una obligación in solidum, y alternativamente de una «adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros». Eso es solidaridad. Algo cutre. En cambio, la fraternidad es, en el DRAE, el «afecto entre hermanos o entre quienes se tratan como tales». Mejor es una sociedad fraterna que una solidaria. Pese a todo, la neolengua ha abolido la fraternidad por sus presuntas connotaciones casposas y ha pulido el viejo concepto de solidaridad, transmutándolo. Dirán: ¿a qué viene esto? Pues viene a que el democrático Partido Comunista Chino, viendo temeroso los peligros de tener su súbdita población tan solo 1,6 hijos por mujer y una media de edad de 37 años, ha abolido la política del hijo único, que no era tal, como se ve por el 1,6, a causa de sus enormes excepciones.

Donde impera la costumbre del hijo único al margen de cualquier ley formal es en Galicia, campeona mundial de la infecundidad en la liga de países con lengua y cultura propias. Aquí sí que se extingue la fraternidad y prolifera el síndrome del emperador, con exóticos niños autóctonos de no menos exóticos nombres, pero sin hermanos e incluso sin primos, que son hijos y nietos únicos. Entre nosotros la ley de hierro de la infecundidad (g+g=g) rige desde la década de 1990 hasta hoy, con entre 0,9 y 1,1 hijos por pareja, ya que los hombres también tienen que asumir sus responsabilidades en esto. Pero a nosotros no nos preocupa como a los chinos. No. Somos más listos. Nosotros rondamos los 46 años de media y tan panchos. Caminamos sonámbulos y disautónomos hacia el colapso. Pero nos da igual. Nos odiamos. De ahí que no dejemos descendencia e impongamos nombres alóctonos a nuestros escasos niños. Para qué registrar una Carme o Carmen donde puede haber una Jennifer, tal cual.

Ya sin bromas, o nos tomamos esto en serio o todos pagaremos las consecuencias. O construimos un gran consenso colectivo plasmado en una ley codificadora de compensaciones a la maternidad, una genuina ley de impulso demográfico, aprobada por mayoría reforzada, y evaluada periódicamente por sus resultados, o invertimos todo en tanatorios. Mientras tanto, preguntemos a las asociaciones de madres y padres, a Agafan y a otros que practican y no teorizan, qué necesitan los emprendedores vitales, los progenitores. Por el bien de todos y todas, de fecundos/as e infecundos/as. La alternativa es no gritar ya más «Viva Galicia viva».

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