Esta noche, después de cenar, la gente de Loureses se congregaba en torno a una lareira a contar historias y sucedidos; llegadas las doce todo el mundo se acostaba. Menos los jóvenes, que salían. Sacaban los carros de los patios, los colgaban en algún árbol simulando confesionarios. Soltaban los burros, que pasaban el resto de la noche trotando arriba y abajo por las calles del pueblo, y abrían las cancillas a las ovejas, que se regalaban comiendo las berzas de alguna huerta. A veces al despertarse y oír aquella barahúnda, la gente decía: «Os do outro mundo andan de troula». Un año subieron un burro a un balcón, le ataron a las orejas una batuta y delante le pusieron tres muñecos: el cura, el maestro y el veterinario. Eran los cantantes. Atravesaban palos y troncos en los caminos y los caminantes, sin luz, tropezaban y ponían el grito en el cielo. A las casas con mozas en edad de merecer les ataban la puerta por afuera y sus habitantes, por la mañana, tenían que pedir auxilio para poder salir de casa. Al día siguiente, al volver de misa, recorríamos las casas de los Manueles para tomarles la copa. Por la tarde, los Manueles recibían en su casa a los que no les habían visitado por la mañana. «Eran días llenos de acontecimientos, anécdotas que recordamos aún hoy después de pasado ya mucho tiempo». No se comían uvas ni se escuchaban las campanadas; no había televisión, ni siquiera radio: «Lo hacíamos todo nosotros, no éramos espectadores sino actores». Las tradiciones son como mojones en el espacio y rayos en el tiempo. Casi como los ritos. Lo nuevo, el año, solo puede brotar del caos que deja la destrucción de lo viejo. Ahora, la mayoría de las celebraciones no significan nada: son cascarones vacíos que se pueden celebrar en cualquier momento y en cualquiera parte.