Como diría la condesa viuda de Grantham: «Si quieres lógica, no busques entre la clase alta». Lady Violet, interpretada por Maggie Smith, tiene la lengua más afilada de Downton Abbey, uno de esos dramas que producen e interpretan como nadie los británicos. La serie es encantadora. Con un cierto toque naíf. Las clases, como diría la señora Grantham, están muy claras, arriba y abajo. Puede haber una gota de agua que traspase esa frontera casi impermeable para refrescar la historia. Pero, más que chocar, las dos partes juegan un pulcro y correcto partido de tenis de principios del siglo XX. Están las convenciones, las reglas no escritas que pesan más que el plomo. Se mantienen las apariencias, que no deben engañar nunca. Y mana de arriba hacia abajo un paternalismo bastante espeso. Apretar, pero no ahogar.
Entre los artículos más leídos en la página web de The New York Times figura uno titulado: «Comprando poder: Para los más ricos, un sistema fiscal privado les ahorra miles de millones». El periódico destaca la paradoja subrayando que los niveles de desigualdad en Estados Unidos son los más elevados de los últimos cien años. El fondo de inversión salvador solo es accesible para las grandes fortunas, que pueden centrifugar sus dólares en las Bermudas. Los magnates que lo controlan invierten «millones en obras de arte y en candidatos políticos». El diario recuerda que los impuestos se llevaban el 27 % de los ingresos de los 400 contribuyentes más ricos cuando Clinton llegó al poder y que cuando Obama fue reelegido abonaban menos del 17 %. Ni es tenis ni las reglas están claras. Citando de nuevo a la vieja tía Violet: «Pero no sea pesimista, que eso es muy de clase media».