Que vino el lobo


Directora de V Televisión

Angela Merkel cogió el domingo por la noche el teléfono dispuesta a felicitar al ganador de las elecciones españolas pero esa llamada nunca llegó a producirse. Su portavoz reconocía ayer que la prudencia diplomática se impuso tras valorar en la cancillería que no sabían a ciencia cierta a quién tenían que felicitar. Se entiende el desconcierto de Merkel, pero por extraordinaria que pueda parecer la votación del domingo, una mirada reposada encuentra la lógica en este 20D que tantas cosas nuevas va a traer a la política doméstica.

España ha llegado a este proceso tras una crisis económica devastadora que nos ha hecho más desiguales y que ha desconectado del sistema a millones de personas, incluidas aquellas que han hecho una revisión intelectual de la forma en la que los dos partidos de la alternancia han afrontado el mayor desafío social de los últimos treinta años. El domingo, los ciudadanos censuraron un sistema que tanto el PP como el PSOE consideraban productivo para sus intereses, pero que en realidad, aunque alguno lo hubiese olvidado, dependía de la voluntad de los votantes, voluntad que ambos venían despreciando en los últimos años tras romper el contrato social que les obligaba a respetar las reglas del juego.

Lo rompió el PSOE al sublimar la deriva confusa de la socialdemocracia europea, atrapada desde la caída del muro en sus contradicciones y en unas rutinas superadas por los tiempos, y lo despedazó el Partido Popular en una legislatura errática que inició con un techo electoral que enseguida convirtió en arrogancia política. Solo desde la soberbia se entiende la gestión que este partido ha hecho de la corrupción, con un instante que resultará difícil que borremos de nuestra memoria: el de los fontaneros de Génova destruyendo los discos duros de los ordenadores de Bárcenas. Si en el PP pensaron que la sonrojante rueda de prensa en la que Cospedal balbuceó sobre la indemnización en diferido del tesorero-delincuente iba a ser olvidada por los ciudadanos es que pensaban que los españoles eran tontos.

Los electores no despedazaron ayer el mapa electoral vigente por la perrencha de un niño caprichoso. El 20D no fue un acto impulsivo improvisado tras una noche de farra. En realidad ese lobo contra el que hoy algunos se hacen señas llevaba aullando desde el mismo 2011, cuando se concedió una robusta mayoría al PP en la que quizás residan algunos de los errores que hoy analizan con desconcierto los conservadores. El lobo aulló en las europeas y en las municipales, pero también a través de una nueva dinámica ciudadana que ahora encuentra aliento en las fuerzas emergentes a las que, ojo, también censurarán si dejan de sentirlas útiles, pues otra de las señas del presente es su volatilidad. Los españoles entregaron el domingo a los políticos una aritmética diabólica con la que van a tener que ponerse de acuerdo. Es su responsabilidad y una oportunidad para ser merecedores de nuestra confianza.

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