¿Gobierno de derechas o de izquierdas?


Las elecciones del domingo han suprimido la frontera entre la vieja y la nueva política, la distinción entre la casta y los regeneracionistas, la brecha entre los partidos contaminados por la corrupción y los que, por no haber tocado aún poder, exhibían credenciales inmaculadas. Los ciudadanos han decretado que tales lindes solo eran artificiales o pasajeras. Y han certificado, sin lugar a dudas, la vigencia de la división fundamental que rige en las democracias occidentales desde hace más de dos siglos: derecha e izquierda.

Esa distinción nació con la Revolución Francesa. Definía entonces la posición que ocupaban los diputados en la Asamblea. Los partidarios de mantener las potestades del rey -derecho de veto-, aristocracia y clero sobre todo, se agrupaban a la derecha del presidente. Los opuestos a la soberanía real, sans culottes [sin calzones] y súbditos reconvertidos en ciudadanos, se apiñaban a la izquierda. Evolucionaron desde entonces las sociedades y las ideas, pero los principios básicos de la revolución -libertad, igualdad, fraternidad- siguen en pie. Y también persisten, en función del énfasis que se ponga en uno u otro principio, partidos de derechas y partidos de izquierdas.

Las urnas han puesto a cada uno en su sitio. A Rivera, que flirteaba con PP y PSOE para presumir de centralidad, le arrancaron la máscara y lo situaron en el lugar que le corresponde: la derecha pura y dura. A Pablo Iglesias, superada la inicial indefinición ideológica de Podemos, tampoco nadie le discute su adscripción a la esfera de la izquierda. En la noche electoral, sin ir más lejos, acabó reivindicando figuras de la vieja «casta» socialista como Largo Caballero.

Aclaradas las posiciones, ahora toca formar Gobierno. Y solo dos opciones, ambas igualmente legítimas, semejan plausibles: un Gobierno PP-Ciudadanos o un Gobierno PSOE-Podemos. Los dos bloques cuentan con similar número de escaños e idéntico número de votos: 10,7 millones. Añádase a favor de la izquierda el nítido mensaje de cambio expresado por la ciudadanía, que trasvasó 3,8 millones de votos obtenidos en el 2011 por la derecha -el PP- hacia las alforjas del binomio PSOE-Podemos.

A la vista de tales datos, me maravillan, aunque no me sorprenden, las presiones ejercidas sobre el PSOE para que permita a Rajoy continuar en la Moncloa. La presión del PP la comprendo perfectamente: Rajoy se juega su empleo. La de ciertos analistas de postín, también la entiendo: a fin de cuentas, ya sabemos de qué pie cojean. Pero la de Ciudadanos, y especialmente su argumento, me deja perplejo. El partido de Rivera pide al PSOE que deje gobernar al PP; es decir, que se suicide... por el bien de España. Y añade que sería impresentable un Gobierno de izquierdas nacido de una sopa de siglas. ¿Pero no hay nadie que le explique al señor Rivera que la opción PSOE-Podemos no necesita a Bildu, ni a Mas, ni a la madre que los parió, para formar Gobierno en minoría? Les basta con que Ciudadanos se abstenga... por el bien de la gobernabilidad.

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