El pueblo, del que yo estoy encantado de formar parte, acaba de pronunciarse. Y al hacerlo como lo hizo nos ha metido en un laberinto de «toma pau e tente teso». El único gobierno posible y razonable, que sería una coalición leal entre el PP y el PSOE, es absolutamente imposible, ya que las últimas campañas y los últimos rifirrafes solo les sirvieron para alejarse políticamente y enfrentarse personalmente. Y las otras posibilidades -una caterva presidida por el PP o una marabunta liderada por el PSOE- constituyen, ambas a dos, la mejor medicina que este país podría tomar en el delicado momento en el que ahora está.
Cualquier alianza entre las derechas -PP (123), C?s (40), PNV (6), CC (1) y DL (8)- que sería ideológicamente muy homogénea pero estratégica y personalmente inviable, tendría costes políticos y económicos inasumibles, además de una inestabilidad esencial que no aconseja experimentar por este lado. Y cualquier aquelarre entre una izquierda fragmentada y cainita -un PSOE moralmente derrotado (90), un Podemos de estructura muy compleja pero moralmente triunfante (60, sin Marea), y unos apoyos complementarios prestados por ERC (9), Marea (6), IU (2) y Bildu (2)- sería, además de heterogénea en lo económico y lo político, como una bomba de relojería para el control del conflicto territorial que está latente en el Estado.
En tales circunstancias, la posibilidad de que haya que ir a unas nuevas elecciones en un plazo muy corto es enorme, aunque las posibilidades de que unas nuevas elecciones arrojasen una estructura parlamentaria diferente serían tan escasas que no se debe poner esperanza alguna en ellas. Así que hay que empezar a prepararse para el peor de los escenarios posibles. Porque tan mala sería la italianización sin italianos, a la que parecemos abocados, como la germanización sin alemanes, que es de todo punto inalcanzable, a una radicalización de la política a la francesa, aunque de izquierdas y sin segunda vuelta. Empieza pues, para el pueblo, la travesía de un desierto lleno de celadas y dificultades, en el que no nos queda ni siquiera la posibilidad de lamentarnos. Porque fuimos mil veces advertidos de que esto podía pasar, que no queda más remedio que describir, en plan aldea, como «buscar o pau para o lombo».
En todo este mareante proceso, Galicia -lo dijo Beiras, al que a mi pesar felicito sinceramente- fue más allá de todo lo imaginable, abriendo la certeza casi absoluta de que, después de cantar las veinte en espadas, que es lo que acabamos de hacer, vamos a cantar las cuarenta en copas, que es lo que nos espera en las ya inminentes elecciones autonómicas. La única esperanza es que sarna con gusto no pique, como dice el viejo refrán. Porque si el gusto no palía lo que viene, ni el agua del padre Miño será suficiente para calmar los ardores.