Desde los inicios de la democracia las elecciones generales han dado en España un resultado invariable: un partido vencedor con capacidad de gobernar. Es verdad que los resultados de 1982 o el 2011, con sendas victorias por mayoría absoluta del PSOE y el PP, se diferenciaron con toda claridad de los de 1993 o 1996, cuando el PSOE y el PP tuvieron que gobernar con cortas mayorías relativas. Pero lo es también que jamás una noche electoral abrió un panorama tan difícil para la gobernabilidad como el que hoy tenemos encima de la mesa.
Con los resultados conocidos cuando escribo esta columna podría formar gobierno el Partido Popular, con el apoyo de Ciudadanos, y podría hacerlo el Partido Socialista, con el apoyo de Podemos y las restantes fuerzas de la extrema izquierda nacionalista y no nacionalista. Pero basta hacer las sumas pertinentes para constatar que cualquiera de esas dos fórmulas para configurar una mayoría en el Congreso no será capaz de asegurar la mínima estabilidad para sacar adelante un programa de gobierno que resultaría, además, el producto final de poner en común proyectos políticos que en algunos casos tienen entre sí diferencias muy notables.
Yo sé bien que hay mucha gente que cree que hablar de estabilidad es una cosa antigua, pues lo importante es que haya mucha pluralidad, muchos partidos y una representación que, por hiperatomizada, resultaría supuestamente mucho más democrática que la que hasta ahora hemos tenido en las Cortes Generales. Yo no lo creo, aunque soy plenamente consciente que afirmar esto resulta hoy ir a contracorriente.
Lo cierto, sin embargo, es que este país ha podido avanzar en las tres décadas largas que han transcurrido desde la aprobación de la Constitución de una forma impresionante porque los electores españoles han conformado mayorías estables que han sostenido ejecutivos con capacidad de gobernar. No hemos sido Italia, que es en lo que políticamente ayer nos transformamos.
Las elecciones del 20 de diciembre del año 2015 marcan en este sentido un verdadero punto de ruptura. Ello es sin duda la decisión democrática del cuerpo electoral, aunque no estoy muy seguro de que hoy mismo no haya cientos de miles de electores que no estén arrepentidos del resultado global que han producido muchos millones de decisiones personales: que en España no haya quien gobierne con la estabilidad que la situación de un país como el nuestro necesita como el agua los sedientos.
Porque España ha tenido que afrontar desde el año 2008 una crisis de caballo, cuya superación definitiva hubiera sido mucho más fácil con unas Cortes como las que salieron de todas las elecciones generales celebradas desde la aprobación de la Constitución. Pero, como suele decirse, esto es lo que hay.
Los españoles han jugado a tirar contra el pianista, es decir, contra los dos pianistas que, mejor o peor, con aciertos y con errores, nos han traído hasta aquí. Ahora veremos cómo se administra este desastre.