España entró ayer en una nueva era política. Por primera vez en casi 40 años de democracia los españoles se van a la cama después de la noche electoral sin saber quién va a ser su presidente. Las mayorías absolutas en las que el diálogo se sustituye por el rodillo parlamentario son cosa del pasado. Hemos entrado en una etapa apasionante de vértigo político en la que habrá que pactar primero la formación del Gobierno y luego cada ley, una a una. Si es que no hay que repetir las elecciones. Es lógico que el nuevo escenario provoque inquietud a muchos ciudadanos en un momento en que los efectos devastadores de la crisis aún golpean con virulencia a una amplia capa de la población y, además, está sobre la mesa el mayor desafío al Estado constitucional con Artur Mas y los independentistas agazapados a la espera de asestar un nuevo golpe una vez pasado el 20D. Pero el miedo a la inestabilidad no debe convertirse en miedo a la democracia. Porque han sido los españoles los que han optado libremente por abrir el abanico de partidos fuertes a cuatro, en gran parte por los tremendos errores de populares y socialistas y también por la crisis. Está por ver que los partidos emergentes, por cierto uno mucho más emergente que el otro, lo hagan mejor que los tradicionales. Esta legislatura será su reválida definitiva. Y también que el bipartidismo, que se tambalea pero todavía conserva la mitad de los votos, sepa adaptarse a las nuevas circunstancias. Uno de los ejes fundamentales de estas elecciones ha sido lo viejo y lo nuevo, pero sigue estando presente al eje derecha-izquierda, como es lógico. Hay que estar preparados, ha llegado la hora de la política, el diálogo y la negociación. Nadie sabe lo que pasará a partir de ahora.