El domingo próximo, una vez más, la abstención y el voto en blanco obtendrán un gran resultado. A pesar de la alta participación que auguran las encuestas, es probable que el ganador no le saque muchos cuerpos de ventaja a los abstencionistas. Si el PP obtiene un 30 % de los sufragios, el segundo lugar es para ellos, llamémosles los hartos. Ni el PSOE, en caída libre, ni Ciudadanos, el partido invisible, conseguirán arrebatarles a los hartos su meritoria posición. Pero no obtendrán representación parlamentaria. Yo propuse alguna vez que los hartos tuviesen sus escaños, su voz muda en las intervenciones, su estruendoso silencio en medio de esta democracia que los ignora. Y su sueldo. Que lo donasen a causas justas. Pero mi propuesta cayó en saco roto. Hasta una abstención del 25 % la ven con buenos ojos los defensores del sistema. Con sus debates y sus campañas. A los hartos ya solo se les escucha cuando no votan o votan en blanco. No son anarquistas o ácratas, ni pusilánimes a los que nada les importa, ni indolentes. Son gente común que se ha plantado hace tiempo frente a las urnas para gritar «a mí no me volveréis a engañar». Ni la sencillez popular (en tu casa o en la mía, como Bertín), ni la esperanza huera de Rivera, ni el redentor de Podemos, ni los que han convertido al gran Partido Socialista en una insignificancia. A mí no me volveréis a engañar, proclaman amargamente. Los hartos, en su colosal soledad, tienen mucho que decir.