De cómo Mas se convirtió en menos que nada


Una amiga, que trabajaba para los servicios sociales de un ente público local, me relató un día, hace ya años, la inconsolable angustia de una administrada a quien su médico acababa de darle los resultados de su análisis de sangre. La buena señora insistía en lo mal que por ello se encontraba: su sangre era del grupo cero («¡o sea, nada!») y negativo («¡o sea, menos que nada!»).

Tras una aventura desgraciada como pocas -la del intento de secesión de Cataluña-, que ha tratado de asentar el principio demencial de que una mayoría parlamentaria puede violar la Constitución y la ley como si nada, Artur Mas ha enseñado al fin su cara más siniestra, que no es solo la de un funesto gobernante (oportunista, irresponsable y narcisista) sino también la de un político obtuso e incapaz, cuyo balance de resultados también es cero negativo.

En tiempo récord, los descalabros de Mas son solo asimilables a los de un elefante en una tienda de fino vidrio de Murano: ha puesto en grave peligro la concordia entre Cataluña y el resto del país, roto allí la convivencia entre nacionalistas y no nacionalistas, hecho saltar la coalición CiU y reducido a su partido a la mínima expresión (62 escaños en el 2010, 50 en el 2012 y 30 en el 2015).

Por si todo ello no fuera más que suficiente para que los catalanes lo echaran de inmediato a puntapiés, a medida que Mas perdía peso electoral pasaba a depender de socios más inaceptables: en sus mejores momentos pudo gobernar con el PP cómodamente, después por cierto de la sentencia del Estatuto, lo que convierte en un verdadero cuento chino la teoría de que ese fue el hecho de la definitiva ruptura con España; más tarde pasó a depender de los votos de ERC y ahora, de los escaños la CUP, que lo han mantenido desde las últimas autonómicas cogido por el cuello.

A fin de obtener su apoyo, indispensable para ser investido presidente, Mas prometió todo lo imaginable? y lo inimaginable, llegando a plantear la locura de una presidencia colegiada que, entre otras cosas, suponía una flagrante violación de las previsiones del Estatuto catalán, algo que para Mas resulta, claro, irrelevante, pues todo el mundo sabe ya que el cumplimiento de las leyes se la trae completamente al fresco. Sin embargo, ni con esas. A Mas solo le ha faltado hacer realidad el chiste que circulaba por la red según el cual estaba dispuesto a gobernar bajo seudónimo.

La CUP ha dicho no definitivamente a Mas, lo que supone que, o se marcha con el rabo entre las piernas, dejando Cataluña hecha una auténtica ruina, o convoca nuevas elecciones: las cuartas en los cinco peores años de la historia de la autonomía catalana. Mas quería pasar a la historia y pasará como el hombre que ha hecho trizas el complejo que, respecto de Cataluña, sentíamos los restantes españoles. Ese complejo, como Mas, está kaputt. ¡Con toda la razón!

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