El candidato Rajoy y su contrafigura

OPINIÓN

30 nov 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Aunque en las elecciones a que estamos convocados se vota formalmente a un partido, en gran medida se hace por la persona que lo lidera. Es meridiano en el caso de Ciudadanos y de Podemos, pero no es irrelevante para PP y PSOE. Ahora que en el sainetesco embrollo de la investidura de Mas se habla de una fórmula coral, podría decirse que en la sinfonía que pretende montarse a cargo de los cuatro tenores, el candidato Rajoy desentonaría por menos telegénico en comparación con los otros tres, más jóvenes, como si la experiencia, inédita en sus contrincantes, fuese algo negativo. Desde su posición de presidente es entendible que no acuda a un concierto que no catapultaría una imagen sobradamente conocida.

El candidato Rajoy, como cualquier persona pública, está expuesto a que se le cree una contrafigura. Se reduce la imagen a unos rasgos característicos, reales o supuestos que se subrayan hasta convertirla en ocasiones en una distinta de la real, incluso contraria a ella. A veces el personaje, de algún modo, asume esa imagen, como afirmó un historiador respecto de Cambó. En unos casos es labor de humoristas y en otros tiene explicación en la lucha política. Respondería a los primeros el Rajoy tumbado, fumando un puro, o el adicto a la prensa deportiva. A los segundos, la calificación de inmovilista, que espera que el tiempo arregle los problemas y no se decide a afrontarlos, cerrado al diálogo. A él mismo y a sus partidarios corresponde rechazar esa imagen, pero en su biografía política existen datos que poner en la balanza. En ese sentido, podría recordar su actuación para encauzar el problema de las vacas locas, el fatalmente planteado Prestige, la negociación sobre financiación autonómica en el primer Gobierno de Aznar con el acuerdo de nacionalistas catalanes y socialistas andaluces y la despedida con aplauso de los rectores.

En otras, puede reaccionarse de modo que se proyecte una imagen que tampoco se corresponde con la real. Lo que ha de transmitirse es la personalidad auténtica. Por eso resulta lógico que no se compita en los mismos términos que los rivales más jóvenes, inéditos en tareas de gobierno. La experiencia no tiene que ser considerada como algo negativo. Tampoco su falta inhabilita.

No me parece que esa circunstancia objetiva deba ser determinante para la elección en una coyuntura en la que empieza a dominar, quizá en exceso, la seguridad.

Desde sus propias filas se ha intentado mejorar la apreciación con un ingenioso juego de palabras: no es el más lucido -que hace las cosas con gracia-, pero es el más lúcido, claro en las expresiones: ¿«la taza es una taza»?

No me corresponde hacer la apología del candidato Rajoy ni sugerir consejos para mejorar su cercanía con los ciudadanos. No queda tiempo para cambiar una inercia.