Abengoa o cómo agrandar el disparate


Lo sucedido esta semana con el gigante empresarial Abengoa es grave. Y puede serlo aún más si convertimos un problema empresarial en una cuestión de Estado, posiblemente inducida por la proximidad de las elecciones del 20 de diciembre y por los miles de votos (entre empleos directos y allegados) que se juegan también aquí. Conviene no perder de vista el calendario, porque lo sucedido en Abengoa es el epílogo de la novela que conocemos desde hace unos años: una empresa fuertemente endeudada, con proyectos solo eficientes a medio plazo, y con una excesiva exposición a los mercados financieros, se ve abocada a la reestructuración. Le sucedió antes a Martinsa y a Pescanova, con resultados bien dispares. Porque uno tenía un plan de negocio (el segundo) y el otro, no.

Eso, el negocio, es lo que debe salvar a Abengoa. No el flotador del Estado. Las presiones para que el Gobierno intervenga, escudándose en los miles de empleos en juego, no pueden esquivar varias preguntas: ¿Por qué a ellos sí, y a otros no? ¿Es el momento, ahora, de rescatar empresas cuando no se ha hecho en toda la legislatura? ¿Y es Abengoa el mejor ejemplo para empezar a hacerlo?

Antes de contestar, no está de más recordar algunos detalles en la ahora estratégica Abengoa. Esta empresa siempre se ha significado por sentar en su consejos y órganos asesores a personas bien cercanas al poder: desde asesores de Bill Clinton y Obama (este último citó a Abengoa como ejemplo de innovación, algo inédito para una firma española) hasta los socialistas Josep Borrell o José Terceiro, los populares Javier Rupérez o Ricardo Martínez o el exjefe de la Casa del Rey, Alberto Aza. Es decir, no han faltado buenas relaciones. Otra clave: hace apenas tres meses, cuando los problemas ya no se podían esconder bajo las alfombras (no conseguía sacar adelante una vital ampliación de capital), se relevó a su presidente, Felipe Benjumea, hijo de los fundadores, quien se llevó a casa 11,4 millones de euros de indemnización. Su fortuna personal se calcula en unos cientos de millones más.

Conviene no perder de vista el calendario, los amigos y las praxis en la gestión. Luego, hablemos de Abengoa. Partiendo del dato de tener delante una empresa con una descomunal deuda -por encima de los 13.000 millones, solo entre banca y proveedores- ante la que ni supervisores ni auditores pusieron pegas hasta ahora. Nada nuevo. Hay un problema de pagos, de financiación, de solvencia, de credibilidad ante los acreedores. Nada nuevo tampoco. Y están en el aire miles de empleos, la mayoría de ellos concentrados en la comunidad con mayor desempleo de España, Andalucía. Pero nada de ello debe obligar a hacer un esfuerzo inédito -un plan de rescate empresarial- simplemente porque a otros no les cuadró con unas elecciones. Pescanova salió adelante, esta misma semana, sin un solo despido y pese a descubrirse un extraordinario engaño en las cuentas. Hay fórmulas que no precisan empeñar al Estado y salvar, de paso, el honor y las cuentas de unos cuestionables directivos.

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