Querido don Álvaro:
Quizás donde tú habitas no existen los recuerdos. Yo soy aquel rapaz, ¡ay!, que el día de San Lucas llevaba el pendón de la amistad, la bandera al viento de los amigos, desde la casa de Mourelle hasta los Remedios. La banda sonora era una canción de noche y mariscales, de liberales y castañas asadas. Aprendí, maestro Cunqueiro, a amar la literatura escrita en gallego, en los textos fundacionales, en las crónicas del sochantre, en don Merlín, y don Simbad. En el Fanto Fantini, y en esa escuela de menciñeiros que todavía me acompaña, como sigo habitando el país que está al norte de las fábulas y de las sagas, aquel que limita con la selva de Esmelle y la patria moza de las tierras de Miranda.
Está anocheciendo en Mondoñedo, el frío que bajó por A Xesta hizo estación cabe la catedral. El frío de otoño, bien sabes, don Álvaro, es un sentimental y se cobija con la noche junto al pórtico catedralicio. Al frío de noviembre le gusta escuchar la sinfonía de las horas que desgrana perezoso el carillón del reloj de la torre.
Yendo para Os Muíños, las hojas caídas alfombran de oro viejo los caminos.
Pero yo, admirado maestro, quería volver sobre el callejero madrileño, y contar que la gaya tropa de la alcaldesa Carmena no quiso votar con el errático Partido Socialista el cambio del nombre de las calles. Ya supongo que estás al tanto, hay nuevos comicios generales en el horizonte inmediato, y los ediles compiten por demostrar quién es más osado en mudar nomenclátores, que es más o menos apuñalar la historia.
A mí, como a ti, nos gustaría que las grandes avenidas se llamaran alamedas de la Infancia o paseo del Estío, y que las calles fueran rotuladas, como Paporroibo o Acacia, calle del Olvido o malecón de la Saudade, o por qué no, plaza del Viento.
Pero estos andan dándole vueltas a los nombres que desde la incultura más elemental asocian con el franquismo y quieren desterrar del callejero tu humilde calle madrileña, la de Josep Pla, y la de Salvador Dalí o Agustín de Foxá, pongo por caso, acusándoos de -¡vaya por Dios!- fascistas, como si en Italia condenaran al destierro civil a D?Annunzio o en Alemania a Gunter Grass o a Thomas Mann.
Vuelvo sobre el tema, apreciado maestro, para que la ignominia no concuerde con la amnesia y nos encontremos con hechos consumados como si tal cosa con la única compañía del silencio cómplice y la suerte echada por el funcionario censor justificando una injustificable memoria histórica.
Yo creo, insigne escritor, que si se perpetra el callecidio anunciado, los ciudadanos de toda Galicia pediremos que todos los concellos rotulen una calle o una plaza que lleve tu nombre. No como desagravio, sino como ese abrazo literario que por mil primaveras más te debemos todos los gallegos. Estaré atento y vigilante, pondré mi voz y mi palabra en la reivindicación y la denuncia, e igual, don Álvaro mío, nos hacen caso. Afectuosamente agradecido.