He leído en algún sitio, quizá lo ha dicho el portavoz Pablo Casado, que el presidente Rajoy ha recibido treinta solicitudes, treinta, para participar en debates electorales. Aunque ese número se quede en la mitad, en quince, es una barbaridad. Ningún presidente de Gobierno puede acceder a tantos programas, salvo que sea un frívolo, acuda sin prepararse o esté gravemente necesitado de darse a conocer. Como en Mariano Rajoy no se da ninguna de esas circunstancias, se comprende perfectamente que haga una selección y limite al máximo sus presencias. Supongo que el mayor quebradero de cabeza que hubo estos días en La Moncloa ha sido el de descartar invitaciones y encontrar disculpas para rechazarlas.
Lo que ocurre es que esto de los debates electorales es una mercancía endemoniada. Lo ha sido desde que Campo Vidal y Luis Mariñas estrenaron el formato. Este año se complica por dos razones: porque todos los candidatos de partidos estatales, desde Sánchez a Herzog, son nuevos y necesitan darse a conocer, y porque hay dos partidos también nuevos, Ciudadanos y Podemos, que están dispuestos a debatir incluso en las paradas de autobús. También necesitan darse a conocer y lo mismo están con Pablo Motos, con María Teresa Campos o con el cámara de una productora de segunda que pasaba por allí. No tienen nada más importante que hacer. Cada minuto que están en un plató de televisión es un minuto de publicidad gratuita, y normalmente en horario de tarifa cara.
De esta forma, el presidente del Gobierno está en inferioridad de condiciones y haga lo que haga siempre corre el riesgo de equivocarse. Si deja vacía la silla de El País, este diario le atiza hasta en el carné de identidad. Si delega en Soraya, como hará en el debate de Antena 3, le dicen que es un cobarde que no se atreve a confrontar ideas. Si solo acepta un cara a cara con Pedro Sánchez, le reprochan que es una discusión ensayada en las sesiones de control, solo sabe hablar de la herencia recibida y hace una apuesta por el bipartidismo que niega igualdad de oportunidades a los emergentes. Y, si concede entrevistas personales, que lo hará, le criticarán porque escoge terrenos fáciles en los que también resulta fácil ganar.
Todo esto que acabo de decir no es imaginación del cronista. Son cosas que se dijeron ayer, pero con bastante más dureza verbal, como esta: si no sabe defender sus ideas, menos sabrá dirigir el país. Es posible que Rajoy esté metido en una ratonera; en una trampa saducea, que decía Torcuato Fernández Miranda. No creo que tenga mucha incidencia en el voto. Pero, si la tuviera, sería la trampa perfecta: sería cargarse cuatro años de Gobierno razonable por el mal uso de unos minutos de televisión.