Imbéciles y oscuros


Nos castigan y asesinan porque nos temen. Y lo hacen provocando nuestro propio miedo. El miedo de las mujeres es una de las armas más letales del patriarcado. Miedo a nuestros compañeros, hijos, padres, madres reproductoras y amaestradas para mantener los modelos del sometimiento -según de qué país, religión o filosofía estemos hablando-. Miedo a hacernos escuchar y a hacernos ver en la esfera pública porque nos clasificarán como futuros expedientes X, incómodas modelos a seguir porque podemos llegar a ser un peligro real y dinamitar el statu quo que nos deslegitima. Aciagas maquinaciones de los guardianes del Templo del Poder. Y digo poder, sin más, porque añadirle patriarcal es redundar.

Ya no pueden quemarnos en las hogueras, pero somos las nuevas brujas de este medievo futurista en el que perviven costumbres ancestrales veneradas como tradiciones que nos arrancan o suturan los órganos sexuales para convencernos de que solo somos máquinas reproductoras, en vez de seres que pueden amar, gozar, ser amadas, felices, dar y sentir placer. O aquellos en los que las esposas no tienen por qué seguir viviendo cuando muere el varón al que su familia la entrega y es incinerada viva junto al cadáver de su amo porque son solo una extensión de su propietario. O, en aquellas otras sociedades que aparentan ir a la contra de esos pueblos atrasados, pero que comparten la misma ansia de domeñarnos y para eso inventan nuevas religiones modernas dirigidas a nuestro ego para convertirnos en jóvenes infinitas, sin derecho al respeto que da la sabiduría y la experiencia del paso de los años, siempre juveniles, deseables, sometidas, imponiéndonos el masoquista convencimiento de que para ser bella hay que sufrir.

Y así podríamos seguir explicando lo que nosotras sabemos bien, pero que cuando lo comunicamos tarda segundos en ser borrado de la memoria colectiva, como si el mismo chip en el que nos encuadran los paradigmas tuviese la capacidad de resetear la comprensión de los mecanismos que nos hacen repetir, monótona pero eficazmente, los mismos comportamientos de sometimiento a un ser superior.

Pero esto se va a terminar. Cada vez son más las voces masculinas que denuncian esta situación de oprobio e inhumanidad contra la que callarse es consentir, es actuar por pasiva, es ser cómplices. Los asesinos de mujeres, los que pegan, gritan, acosan, abusan, asfixian económicamente, persiguen, revuelven en los cajones, revisan las agendas y los móviles, utilizan a los hijos y a las hijas como amenazas para asustar y someter a las mujeres que se niegan a seguir siendo «suyas», son unos monstruos. No puede haber lugar para ellos en una sociedad civilizada. Hay que ver al maltratador como al violador, como al pederasta, como al parricida. Porque es un criminal de la calaña de los peores yihadistas. Imbéciles y oscuros, que diría algún himno patriótico. No les hagáis sitio. Dejadlos solos. Pagadles con el desprecio y la persecución. No pueden quedar impunes.

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