Los trágicos acontecimientos que vivimos desde la semana pasada, culminación del horror más execrable, han vuelto a mostrarnos con toda su crudeza no solo la fragilidad en que se mueven nuestras vidas. También la debilidad intrínseca de nuestra sociedad ante las múltiples amenazas que la cercan. Crecen agazapadas en nuestro sistema de libertades y se aprovechan de él para declararle la guerra. Los enemigos de nuestra cultura se ocultan entre la población civil, utilizan falsamente las palabras grandes, elaboran sueños delirantes en nombre de la justicia y descargan todo el odio contra inocentes. Lo hemos visto en París, de la manera más infame que pueda darse, y lo vemos, por desgracia, en muchos otros comportamientos humanos que parten del mismo lugar común: la deriva mesiánica.
Para combatir el odio, el antagonismo, la destrucción, es necesario, sobre todo, tomar conciencia de los peligros que nos acechan. Es preciso tomarse el trabajo de no dejarse llevar por las primeras impresiones y tratar de escarbar, de profundizar hasta descubrir los verdaderos intereses que se ocultan tras los gestos grandilocuentes. Hoy la sociedad está a merced de ellos. Son muchos actores los que intentan debilitarla, arrebatarle su poder y poner la democracia a su servicio. Por eso es necesario más que nunca desenmascarar los intentos espurios de quienes buscan su beneficio en la destrucción de la obra colectiva.
No faltan ejemplos en España. No es otra cosa más que destrucción y mesianismo delirante lo que se intenta fraguar en Cataluña. Una corta figura política, incapaz de resolver los problemas más cotidianos de la sociedad, como la sanidad o la hacienda, oculta sus deficiencias como gestor público erigiéndose en ridículo salvador de la nación, y empuja a su pueblo a rebelarse contra cuarenta millones de españoles que se han distinguido siempre por llevar la solidaridad instalada en el alma y dispuesta permanentemente en la nómina.
No está solo en su locura, es cierto. Ni siquiera la dirige él. Lo utiliza y lo empuja un grupo minoritario que apenas ha obtenido el 8% de los votos. Lo empuja y lo mueve como una marioneta, como se ha visto en la esperpéntica y por dos veces fallida sesión de investidura, donde no ha podido hacer más el ridículo aceptando una a una todas las ocurrencias y todas las imposiciones que le hicieron, por más descabelladas que fuesen. Solo le han jaleado su locura un medio tan manipulado como la televisión autonómica catalana, puesta vergonzosamente al servicio del poder -pues para eso fue creada-, y algún diario que tomó partido por la secesión y ha dejado de ser grande de España. Ahora, quizá tarde, se arrepiente y pide rectificación.
No. España no está rota. Está rota Cataluña, en manos de irresponsables, como sus actuales dirigentes, y aprovechados, como la honorable familia que se envolvió en la bandera catalana para tapar sus bolsas cargadas de billetes.
Como se ve en las encuestas y en los votos, son muchos los catalanes que han caído en la trampa de soñar un país idílico rompiendo sus lazos con España, cuando es este país el que da alas a su desarrollo económico y a su paz social. Pero, como se puede observar perfectamente aunque hagan menos ruido, son más los catalanes que saben que el hilo de la historia va hacia la unión solidaria, hacia el fortalecimiento en un proyecto común. Porque la ruptura y el aislamiento solo señalan el camino del sufrimiento, del caos y de la destrucción.
Y aún así, la amenaza de los que se empeñan en apurar los pasos hacia el abismo es muy fuerte. Han acaparado el debate público de tal manera que marcarán irremediable e ilógicamente la próxima campaña electoral. Es necesario hablar de Cataluña, por supuesto, pero también es prioritario hablar de todos los problemas que afronta hoy España. Y, desde luego, del horizonte tan sobrecargado que tenemos ante nosotros los gallegos.
Porque Galicia corre el riesgo de pasar inadvertida en el escenario autonómico español, de minimizarse, en un momento en el que necesita el impulso definitivo que le haga salir de la vía muerta en que está. Como editor, asisto atónito a la pérdida de pulso de nuestra economía, de nuestra cultura, de nuestra política. Y no encuentro razones para consentirlo. Vengo expresándolo así desde hace años en estas páginas y dejaré constancia de este largo empeño en un libro de próxima publicación.
Galicia, que ha sido siempre solidaria y emprendedora, no puede callar ante la destrucción de sus sectores estratégicos, ante la pérdida de sus fuentes de riqueza, ante la entrega de sus mejores talentos. La agonía del sector lácteo, mientras otros envidian su producción y su calidad; la fama indiscutible, pero mal rentabilizada, de sus materias primas; el abandono político a la pesca; la emigración de nuestros sectores punteros, desde la producción de energía a la innovación tecnológica. Y la marcha con difícil retorno de los jóvenes mejor preparados de los últimos años. Esos son, por no ser exhaustivo, solo algunos de los múltiples problemas que afrontamos. Y ahí es donde debe centrarse el debate interno, en lugar de las fatuas discusiones de twitter o de barra de bar en que nos hemos enzarzado. No se trata de saber quién proclama que representa mejor a Galicia, quién aparece más risueño en las fotos, sino en saber quién aporta más. Quién tiene un plan limpio, completo y coherente para apostar por un país que necesita, de una vez por todas, no perder el tren de la historia y ponerse en pie de igualdad, por fin, con sus hermanos. Porque con su cultura, su lengua, su historia y su contribución, Galicia no esperará nunca peor trato que ninguna de las otras nacionalidades que forman España.
Ese es el principio irrenunciable. Pero mientras la discusión se enrarece, los actores políticos se escabullen. Han pasado del mundo de las ideas al de la indumentaria, con el único objeto de aparecer atractivos ante los focos. Han pasado del programa de trabajo en común al personalismo narcisista. Han pasado de la reflexión a los gritos. Han despreciado más la claridad y se han refugiado en la confusión. Y es hora de saber qué piensan. Para qué nos piden el voto. Y qué harán con él.
En el tiempo en que se dan por desaparecidas las mayorías absolutas y el bipartidismo está en entredicho, es más necesario que nunca que cada uno de los que se proponen representar a los ciudadanos expliquen claramente cuáles son sus propósitos, qué están dispuestos a apoyar y qué líneas rojas se marcan.
Nadie ha dicho nada. Sabemos que los que hoy gobiernan se alinean a la defensiva y apenas proponen una sola jugada de ataque que haga recuperar alguna esperanza. Sabemos que el principal partido de la oposición busca desesperadamente su sitio proponiendo el bálsamo de la reforma constitucional sin decir exactamente dónde lo quiere aplicar. Y sabemos que las nuevas fuerzas políticas incrementan sus expectativas, mecidas por la televisión y las encuestas, pero no se atreven a decir qué van a hacer con los votos que esperan. En qué se concreta su proyecto. En qué gobierno entrarán. A quién apoyarán.
No deja de ser un juego posiblemente legítimo, pero es irresponsable. Absolutamente falto de respeto con los electores que exigen saber en quién confiar, cuál es el destino de su voto.
No se lo ponen fácil, por ejemplo, los dirigentes de Podemos, que juegan a la ambigüedad mientras naufragan enfrascados en sus luchas por el reparto de poder, tan propias de la casta que critican. Su largo culebrón con las Mareas en Galicia y sus sonoras entradas y salidas en Madrid no dejan de ser el reflejo de la confusión y las luchas domésticas en que viven quienes dicen venir a limpiar el viciado aire de la política.
Tampoco lo ponen fácil a los electores los responsables de Ciudadanos, sin más estructura que algunas voces bienintencionadas y una calculada indefinición a izquierda y a derecha. No vive su mejor momento el nacionalismo en Galicia, desangrado por las escisiones y la falta de ideas que hagan compatible su imaginario con el mundo moderno. Y desde luego, mucho tendrán que cambiar populares y socialistas para convencer a los electores de que tienen algo ilusionante con lo que recuperar su confianza.
Porque no es el miedo el que debe coger la papeleta, sino la ilusión. La ilusión por un proyecto común en el que se integren todos los intereses legítimos y se defiendan los pilares que hacen una sociedad justa, equilibrada y libre. Donde se preserven la sanidad pública, la educación, las pensiones. Donde se dé futuro a la economía, se promueva la creación de empleo y se defiendan los sectores estratégicos. Donde las libertades estén aseguradas del mismo modo que están las obligaciones. Donde se erradique y se castigue la corrupción. Y donde no haya tolerancia con ningún tipo de sectarismo ni de imposición ni de violencia.
Dentro de pocos días, los electores tendrán la llave de los próximos cuatro años. Ahora les toca reaccionar a los que piden el voto. Los nuevos y los antiguos aspirantes. Todos. Ya nos han traído hasta aquí, al borde mismo de la desilusión y la confrontación. Deben definir su rumbo. Y a continuación, votemos.