La memoria, por los suelos

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

A la entrada de la estación de Atocha en Madrid hay un monumento de estética discutible, pero de incalculable valor sentimental. Es el monumento que recuerda a las víctimas de la mayor tragedia terrorista que ha sufrido España: los atentados que costaron la vida a 193 personas que viajaban en los trenes que los yihadistas reventaron aquella triste mañana del 11 de marzo del 2004. Es un cilindro cuyo interior recuerda el monumento del Holocausto, con los nombres de los muertos y los mensajes grabados en su honor y en su memoria. Debería ser el templo del recuerdo y el homenaje permanente.

Debería ser, pero no lo es. Según se supo ayer, esa placa cilíndrica de plástico suele caerse si le falla el aire comprimido que la sostiene. La última vez que se cayó fue hace dos meses y nadie hizo el esfuerzo de restaurarla. Las fotos que hemos visto ayer en prensa y en televisión la muestran como un plástico viejo y arrugado detrás de un cartel que avisa que el monumento está «cerrado por mantenimiento».

Mentira. Puñetera, asquerosa mentira. El plástico grabado está por los suelos como muestra de la desidia nacional. Solo falta que ese lugar se hubiera convertido en dormitorio de sintecho y aparcadero de drogadictos. Y solo falta que hubieran mantenido abierto el recinto para que la rapiña se pudiera ensañar con esa reliquia y el retablo de frases y nombres fuese saqueado a pequeños trozos por coleccionistas de la memoria pública colectiva.

Es España, señores. Es la incuria oficial. No quiero saber de quién depende el cuidado y tutela de ese lugar, aunque supongo que es del ayuntamiento de la capital. Pero todos recordamos aquel día de dolor y de solidaridad inmensa, ahora revivida por los atentados de París. Todos recordamos la manifestación que se preguntaba quién ha sido, el impacto que tuvo en las elecciones, la comisión de investigación, los familiares de las víctimas que todavía requieren tratamiento psicológico. Y, por supuesto, recordamos los homenajes anuales, siempre presididos por altos dignatarios cuyo único interés parece el de salir en la foto que al día siguiente publican los periódicos, previa cita a cámaras y reporteros.

Y ahora el retablo de ese templo de la memoria se cae, parece un plástico viejo y en la gran ciudad de Madrid no hay quien lo reponga en el largo período de sesenta días con sus noches. Quizá los nuevos gobernantes municipales no saben siquiera que existe ese monumento, no me extrañaría. Pero eso no les exime de una responsabilidad que se escribe así: la memoria, por los suelos; el dolor que duró años y permanece en el alma, pisoteado por la ineficacia oficial; el bochorno en forma de olvido; otro episodio para la vergüenza nacional.