La revista Daqib es una de las publicaciones de cabecera del Estado Islámico. En un número reciente incluía la fotografía de Aylan, el niño sirio de camiseta roja que murió intentado llegar a la costa turca. Los yihadistas también usan la imagen que sacudió Europa. Ellos la convierten en una amarga advertencia que recuerda a los sirios qué puede sucederles cuando abandonan una patria musulmana para dirigirse hacia los países de los odiados infieles.
Aylan llega a las dos orillas como un latigazo. Hace solo unos años su historia se hubiera perdido para siempre en Turquía. La contarían en sus casas los policías que encontraron el cadáver. La sufriría en privado la familia del pequeño. Se perdería con el tiempo. Pero hoy, más que nunca, las tragedias tienen un alcance global. Casi todo llega a casi todos. Así es fácil distribuir la propaganda del terror. También es bastante complicado disimular las miserias y los escándalos. En este inmenso mar de la comunicación salen a la superficie las desigualdades, como restos de naufragios. Las que dividen los mapas del mundo en zonas ricas y pobres y las que resquebrajan internamente a los países. Muchas brechas han crecido en los últimos tiempos, porque el sistema intenta saltar la crisis apoyado en un único pie. Y la gente es consciente de ello. Va apuntando agravios en su lista. Cociendo su indignación. No a fuego lento. Lo hace en olla exprés. Los que surfean la gran ola deberían afilar su sentido práctico para pensar si les conviene seguir haciendo más profundos los acantilados o si es mejor para ellos repartir un poco más el bienestar. Aunque sea por puro egoísmo, no sobraría un poco de igualdad preventiva.