Alfredo, desde la experiencia que le proporcionan los años y el sentido común, constituye mi alter ego contradictor. Hasta ahora, creo, lo he mantenido a raya con argumentos lógicos e ideológicos supuestamente robustos. Siempre encontré matices diferenciadores, referencias históricas para arrimar el agua a mi molino y triquiñuelas dialécticas para cuestionar su sentencia recurrente:
-Convéncete, Salgado, todos son iguales: los de derechas de toda la vida y los que se dicen de izquierdas.
Pero los últimos fichajes estrella del PSOE y de Podemos, los consumados y los frustrados, han minado mis defensas. El affaire Pérez Royo, en especial, me ha dejado cara de parvo. Y no porque el ilustre catedrático de Derecho Constitucional haya aceptado primero, y se haya arrepentido después, figurar en las candidaturas de Podemos. Todo el mundo -¡faltaría más!- tenemos derecho a evolucionar o involucionar. Y esto vale para los generales de pecho enmedallado, la comandante acosada por sus mandos o la diputada de UPyD azote de corruptos. La cuestión no es, por tanto, personal. Mi estupor nace al observar cómo una idea nuclear, que marca la frontera entre dos políticas económicas alternativas y contrapuestas, resulta perfectamente intercambiable en el menudeo de la política. Un principio que, al ser aceptado por unos y por otros, adquiere así validez universal.
Me refiero a la reforma exprés de la Constitución, auspiciada por Zapatero y abrazada por Rajoy, que consagró la «regla de oro» del equilibrio presupuestario. El artículo 135 de la carta magna no solo demonizó todo desfase puntual en las cuentas públicas -y abofé que, a medio plazo, no es cosa buena gastar más de lo que se ingresa-, sino que renunció al uso del déficit y la política fiscal para rescatar de la «trampa de liquidez» a economías en recesión.
Aquella iniciativa mereció entonces el respaldo de Javier Pérez Royo, incluso para sorpresa -grata- de los adalides del déficit cero. «Estoy de acuerdo con la reforma», dijo taxativamente el profesor, cuyo argumento no tiene desperdicio: «Puesto que no es posible todavía una Constitución europea, hay que homogeneizar al menos las constituciones de los distintos países en un tema tan decisivo como este». Homogeneizar significa, en este contexto, cortar con el mismo patrón neoliberal todas las constituciones del orbe europeo. A eso, válgame Dios, se llama consenso constitucional.
Pérez Royo puede hacer de su capa un sayo. Ya queda dicho: esta no es una cuestión personal. El problema consiste en que su mercancía, que pertenece por derecho propio al PP y a Ciudadanos, se la compró el ala derechizada del PSOE y ahora pretende adquirirla, cueste lo que cueste, el partido de Pablo Iglesias. Todos empeñados en convertir en único el pensamiento hegemónico. Todos corriendo como posesos hacia un centro que progresivamente se escora a la derecha. Todos afanados en construir un éxito electoral con los cascajos de la izquierda. Y yo, con la boca abierta, incapaz de rebatir a Alfredo, que insiste machaconamente: «Todos son iguales, ¿o no?».