Mas: ¡Mi reino por un caballo!


Si Wiliam Shakespeare no nos alertara previamente de sus crímenes, la repelente figura de Ricardo III suscitaría compasión. Descabalgado y abandonado por sus mesnadas en fuga, patéticamente solo en medio de la batalla, su desesperada propuesta de trueque ha quedado inmortalizada por el insigne dramaturgo: «¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!».

Artur Mas también implora un caballo para seguir encabezando la procesión independentista. Si él no preside la Generalitat, advierte, el proceso «encallará». Tiene vocación de mesías, pero no de mártir. Su conversión repentina a las tesis soberanistas y su patriotismo catalanista constituyen moneda de cambio. Lo único innegociable es su persona. He ahí la única línea roja que, después de pasarse todas las demás por el arco del triunfo, no rebasará.

El angustioso problema de Mas tiene su origen en que, antes de recuperar el caballo y la silla de montar, ya entregó graciosamente su reino. Dimitió el representante del Estado al proclamar la guerra santa contra ese mismo Estado. Renunció el demócrata al violar las leyes que lo legitimaban. Abdicó el monárquico al emprender la cruzada por una república catalana independiente. Desertó el liberal al desmantelar CiU, la fuerza que tradicionalmente representaba los intereses de la burguesía catalana. Esas renuncias le permitieron ocultar las miserias de su gestión, silenciar los alaridos de la crisis y disimular la corrupción rampante de su entorno, pero a cambio perdió su reino. Y ahora reclama desesperadamente ocupar el trono donde ya no existe reino, sino república prometida, y en ella gobierna la CUP por derecho de conquista. La guerra contra el infiel la dirigen los cristianos viejos o los revolucionarios con pedigrí, nunca los aficionados o los conversos.

No descarto que Artur Mas consiga hoy la investidura, ni tampoco que opte por lanzarse a la aventura de convocar nuevas elecciones. En cualquier caso, el personaje está amortizado. Escribí su obituario de resultas de los comicios catalanes, y lo mantengo en todos sus términos. Mas huele a cadáver político, aunque él todavía no lo sabe. Deambula como un fantasma que busca el panteón de los mártires, aunque solo ve la imagen del mesías al mirarse en el espejo. Fue víctima de un tsunami que, si bien no absuelve de pecado original al PSOE y al PP, él mismo concitó. Si finalmente la CUP, compasivamente, le cede el caballo, será un caballo de madera para entretener al espectro mientras los vivos diseñan las estructuras del Estado en ciernes.

Ricardo III perdió su vida y su reino en el campo de batalla. El quebranto no fue grande y menos aún para Inglaterra, que se deshizo del pérfido monarca y reemplazó la casa de York por la dinastía de los Tudor. El episodio nos dejó, además, una moraleja vigente cinco siglos después. Desde entonces sabemos que la falta de un simple clavo puede desencadenar una sucesión de pérdidas crecientes -herradura, caballo, batalla- que remata con la pérdida del reino.

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