Anteayer me detuve en la contemplación de Vía V, el magnífico y didáctico programa que dirige Fernanda Tabarés: ágora plural y fecunda. Uno lo ve y aprende. Por lo tanto, no solo es recomendable para todo tipo de espectador, sino especialmente, para la clase política, que cada vez es más abultada y a la par más desvalida intelectualmente.
En la mesa de tertulia Roberto Blanco Valdés dictó una lección magistral, sin ápice de fisura teórica o especulativa, frente a Francisco Jorquera. El BNG es la única formación histórica de la política gallega que aplaude el proceso soberanista catalán. Imagino también que, entre aplausos, no observan los nacionalistas un mínimo de extravagancia o caricatura en lo que estamos contemplando estos días.
No repetiré las reflexiones que los politólogos de La Voz, entre ellos los profesores Blanco Valdés o Barreiro Rivas, han esgrimido en sus argumentaciones sobre la inaudita actualidad catalana. No solo es ilegal, sino que conmina todo alarde de buen juicio o razón. Pero no querría dejar pasar la oportunidad de manifestar mi perplejidad ante la arrogancia de Artur Mas y sus secuaces. Arrogancia que, insisto, celebra el nacionalismo gallego. Todos se abrazan a la palabra dignidad. Y no solo eso, se arropan el derecho de representar al «pueblo». Parecen descartar a más del 50 % de catalanes que se declaran no independentistas: son, por lo tanto, antidemócratas.
Es el regreso del totalitarismo en su versión posmoderna (pues toda modernidad resulta refractaria al decimonónico nacionalismo). O ellos o nada. Fuera de sus siglas habita la indignidad, la iniquidad y la grosería moral. Yo quiero gritar «¡basta!» o, como hizo el añorado Labordeta, proferir un sustantivo escatológico para que Junts pel Sí lo escuchen.
Sucedió recientemente también en el fallido intento de presentar una lista conjunta nacional izquierdista (de «unidade», decían) a las elecciones generales. Esgrimían la falacia o sofisma de que serían los únicos que representarían a Galicia. Los «dignos» que devolverían la «dignidade» al pueblo. Siempre el pueblo. En su nombre se ejecutan los más monumentales desatinos.
Y así seguimos. Abrigados en las palabras dignidad y pueblo, con la estelada enhiesta, en Cataluña observamos cómo la burguesía se alía con el proletariado, el capital con el anticapitalismo y nacionalistas con internacionalistas: independientes, socialistas, ecológicamente sostenibles, territorialmente equilibrados y no patriarcales (así se define la CUP). Ya dijo Napoleón, en cita perdurable, que de lo solemne a lo ridículo hay solo un paso. Lo de Cataluña ha traspasado el límite de toda razón y deviene en jocosidad y esperpento. Una ópera bufa. El adefesio político e intelectual convertido en categoría.