El Parlamento catalán era, tras la aprobación de la propuesta secesionista, la viva imagen de la división: una mitad de la cámara aplaude en pie y la otra mitad sigue sentada.
La mitad que aplaudía había logrado ponerse de acuerdo en la propuesta de iniciar el camino hacia la independencia, pero no en la formación del Gobierno que ha de gestionarlo ni en su líder.
Pactaron la propuesta, que dice basarse en el respaldo ciudadano a su postura expresado en las urnas en septiembre, pese a que el líder de uno de esos grupos había manifestado explícitamente que el separatismo no había logrado entonces el respaldo necesario.
La propuesta incluye informar a la Unión Europea, de la que una parte de los que la apoyaron quiere desconectar a Cataluña, mientras el resto pretende continuar en su seno. Estos últimos la presentaron y votaron, pese a las reiteradas advertencias de que el proceso iniciado significaría la exclusión automática.
Uno de los grupos que la apoyaron ostenta el gobierno en funciones de la Generalitat, que ha seguido presentando recursos ante el Tribunal Constitucional al que, según la resolución aprobada, dejarán de hacer caso, quizá solo en parte de sus resoluciones.
Los partidos que concurrieron en coalición a los comicios catalanes para iniciar el proceso de secesión volverán a presentarse a las elecciones para el Parlamento del Estado del que pretenden desgajarse, pero ni siquiera juntos, sino de nuevo por separado.
Oscuro y conflictivo futuro el que aguarda a un proceso que se inicia bajo el signo de la división y plagado de contradicciones.