Gelsenkirchen

Luís Pousa Rodríguez
Luís Pousa FARRAPOS DE GAITA

OPINIÓN

En mayo del 2004, cuando estaba a los mandos del Oporto, José Mourinho pronunció una frase que todavía hoy retumba en nuestros oídos. La soltó en la víspera del partido de vuelta de las semifinales de las Champions frente al Deportivo. El equipo coruñés había sido la causa indirecta del fin de la etapa de Mourinho en Barcelona. Aquel Dépor legendario se llevó la Liga 1999/2000 y el Barça de Van Gaal y Mourinho cerró la temporada en blanco. Un color intolerable en el Camp Nou. Van Gaal dimitió y Mourinho cayó con el holandés. Tal vez aquello todavía rondaba su cerebro en mayo del 2004. Los aficionados locales, que habíamos aprendido con grandes dificultades a pronunciar Gelsenkirchen, el escenario donde se iba a jugar la final con la que soñábamos desde antes de nacer, no olvidamos aquel navajazo de Mourinho a los periodistas coruñeses:

-Os veo muy creciditos.

El resto es historia. El Oporto ganó 0-1 en Riazor, jugó la final y se hizo con la Copa de Europa.

Fue el inicio de la carrera de un entrenador que cimentó su mito a base de un fútbol intenso, pero poco glorioso; continuas salidas de tono contra la prensa, los árbitros, los rivales y sus propios jugadores; y, sobre todo, cargando fichajes y caprichos a la chequera de sus manirrotos presidentes.

El pasado martes, en otra de sus histriónicas ruedas de prensa, The Special One se citó a sí mismo: «En mayo del 2004 dije que un día llegarían los malos resultados y los afrontaría con la misma honestidad y dignidad que tenía entonces como campeón de Europa. Mayo del 2004, once años esperando por esto».

No era el único que llevaba once años aguardando por esto. John Carlin recordaba tras la derrota del Chelsea ante el Liverpool una frase de Steve McManaman:

-Mourinho no tiene clase.

Y Carlin dictaba sentencia: «Pese a haber ganado tres ligas inglesas, dos Ligas de Campeones y montones de títulos más, nunca la ha tenido. Tanto triunfo como entrenador le ha quedado grande como persona».

Mourinho, que abandonó el Madrid con el ramplón botín de una Supercopa, una Copa y una Liga frente a los 14 títulos del Barça de Guardiola, da mucha más importancia a los trofeos que al juego. Tal vez porque como futbolista nunca pasó de Segunda División. Tal vez porque no ama el balón como lo aman los jugadores. Tal vez porque no le gusta el fútbol, sino ganar. Títulos, dinero, puntos, récords. Lo que sea, pero ganar.

Quién sabe. Pero llevaba once años muy crecidito. Y ya tocaba volver a Gelsenkirchen.