Los extremos se tocan


No son las convicciones soberanistas las que mueven a Artur Mas a liderar un movimiento mesiánico de sublevación. Es salvar su trasero. Llegados a este punto lo único que le interesa es lograr que no se hable de los auténticos problemas de Cataluña ni del lugar adonde la ha llevado. Lo que le interesa a uno de los beneficiarios del 3 % es que todo vaya a peor, que se rompan las reglas de juego para hacer bueno aquel viejo dicho de nuestros abuelos de que a río revuelto, ganancia de pescadores.

¿Qué ha ocurrido para que el monárquico Mas pase de asegurar que «el concepto de independencia lo veo anticuado y un poco oxidado» a que se presente como un independentista convencido? ¿Qué queda de aquel Mas que se negaba a una ruptura «porque España no es Yugoslavia»? Pues nada en Mas ha cambiado; son las circunstancias. La corrupción lo devora; debilitado en su partido y en el Govern; resultados electorales adversos, Cataluña al borde de la quiebra y los recortes y las deudas lo agarrotan. Es lo que lo mueve por senderos soberanistas.

Pero él tiene un argumento único para defender la independencia. Existe un complot contra Cataluña; una conspiración para no dejarles vivir. En realidad, esto de las conjuras no es nada nuevo, ya las utilizaba aquel general bajito de Ferrol, empedernido nacionalista, cuando las cosas no le pintaban como quería. Un complot contra los españoles para no dejarnos progresar, decía. Y es que el tiempo nos sigue demostrando que no hay nada más próximo que los extremos.

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Los extremos se tocan