Si Mariano Rajoy pretendía convertir su comparecencia de ayer, inmediatamente después de disolver las Cortes, en el inicio de su campaña electoral, debería considerar muy seriamente hacer un casting en la Moncloa para ampliar su equipo de asesores. Presentarse con un PowerPoint de cien páginas para decir que en estos cuatro años todo lo ha hecho bien, y recitar a continuación una catarata de cifras económicas supuestamente positivas, no es precisamente la mejor manera de entusiasmar al personal. Entre las muchas virtudes del líder del PP no estuvo nunca la de enardecer a las masas con sus discursos. Pero la frialdad con la que despachó el balance de una legislatura que ha sido convulsa como pocas en la historia de España, reduciéndola a una sucesión de gráficos descritos con aparente desgana, dos brevísimas alusiones a la corrupción y a Cataluña y un capítulo final de agradecimientos, es como para dejar consternados incluso a sus más conspicuos partidarios.
Mariano Rajoy está convencido, y así lo dijo textualmente ayer, de que «lo mejor para España» es que él sea presidente del Gobierno otros cuatro años. Y de que una mayoría de españoles piensan lo mismo que él. Algo que le libera, por lo visto, de hacer grandes esfuerzos para lograrlo y de mostrarse pródigo en promesas electorales, más allá de garantizar otra ronda de lo mismo. Y lo sorprendente es que puede que tenga razón. Porque, al margen de que la economía haya mejorado, en estos cuatro años se han subido los impuestos, se ha abaratado el despido, se ha recortado como nunca en políticas sociales e inversiones, se han dedicado miles de millones de euros a rescatar bancos y se ha encarcelado al extesorero del PP. Y, a pesar de todo, Rajoy ganará claramente estas elecciones, según auguran todos los sondeos, y es quien tiene a día de hoy más posibilidades de ser el próximo presidente del Gobierno. Algo que, ciertamente, dice muy poco de sus rivales. Si la talla de un político se mide por la valía de sus enemigos, habrá que concluir que si la de Rajoy a alguno puede parecerle escasa, menor es la de unos adversarios incapaces de erosionarlo como para poner en riesgo su victoria pese a tener todas las bazas.
Rajoy sabe que no entusiasma, pero está convencido de que ganará por descarte. O yo, o el caos, es lo que vino a decir ayer. Aun así, haría bien en no fiarlo todo a la cuenta de resultados. Asegura el presidente que «la economía lo es todo». No es cierto. No es economía, por ejemplo, el hecho de que una activista por la independencia como Carme Forcadell se convierta en presidenta del Parlamento catalán y que sus primeras palabras desde el sillón presidencial sean un viva a una inexistente «república catalana». Todo ello, sin renunciar a cobrar más de 10.000 euros al mes por presidir una institución emanada de esa Constitución que tanto dice despreciar. A eso, al menos, habrá que contestar con algo más que cuatro frases hechas si se quiere ser el próximo presidente del Gobierno.