Una campaña a cara de perro

Fernando Ónega
Fernando Ónega DESDE LA CORTE

OPINIÓN

27 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Si los ciudadanos sintieran que son reales los datos que da el presidente Rajoy en todas sus declaraciones públicas, no debería tener ningún miedo. Un hombre que dice venir de una situación desastrosa fruto de una herencia envenenada, pero que ahora desgrana interminables éxitos económicos y los corona con cifras de empleo casi milagrosas, y lo enmarca todo entre dos plasmas que proclaman «objetivo cumplido», debería enfrentarse a las elecciones con enorme tranquilidad. Tendría que tener la seguridad de renovar una cómoda mayoría. La mejor campaña debería ser la desprendida de sus obras. Una buena gestión no necesita propaganda.

Sin embargo, las crónicas hablan de nerviosismo en las filas de su partido. Se intuyen peleas por ir en los primeros puestos de las listas, porque los demás no tienen escaño asegurado. Y el propio presidente no transmitía ayer tranquilidad de victoria. Transmitía necesidad, no tranquilidad. Considera necesaria su victoria para el bien del país, pero no segura, según se puede desprender de su tono. Entiéndase por victoria la posibilidad de gobernar en solitario, sin necesidad de plegarse a las condiciones de esos chicos nuevos, insolentes y sin experiencia que andan «argallando» detrás del escenario.

Todo esto tiene muchas lecturas e interpretaciones políticas. La primera, que nunca se debe descartar, es que el PP utiliza la incertidumbre como estrategia para movilizar al electorado del 2011: es tradicional decirle que no confíe y acudan a votar porque su Gobierno está en peligro. La segunda, que estas son elecciones de incierto resultado por la concurrencia de los nuevos; especialmente de Ciudadanos, que en Cataluña fue capaz de arrinconar al PP y puede hacer algo parecido en el resto de España. Y la tercera, la que la opinión publicada viene anotando desde hace mucho tiempo: la insuficiencia de los resultados económicos para ganar la voluntad de la mayoría.

Ahora llega la hora de la verdad. La inseguridad del partido gobernante y las esperanzas quizá exageradas de los demás auguran una campaña a cara de perro, llena de improperios, descalificaciones, con unos que exagerarán sus éxitos y otros que negarán hasta las evidencias estadísticas. Es todo tan previsible que no hace falta ni anotarlo. En el momento en que empiezan a rugir los motores, este cronista se atreve a formular una petición a las fuerzas en contienda: al orgulloso poder, que reconozca que, si hay gente que le retira su voto, es que esa gente se sintió perjudicada por su gestión. A la actual oposición, que sepa reconocer que las cosas están hoy mejor en lo económico y que no se instale en una negación difícil de sostener. Negar lo evidente es perder credibilidad.