La virtud de la elocuencia

Xose Carlos Caneiro
Xosé Carlos Caneiro EL EQUILIBRISTA

OPINIÓN

Me aburre escuchar, día tras día, que nunca tuvimos una juventud tan bien preparada.

Me sorprende que se valoren determinadas competencias y otras se olviden por el mero hecho de no resultar «contemporáneas».

Me desconforta que resulte unánime el sofisma de concebir los ordenadores como imprescindibles en la educación. Y me duele, hasta los tuétanos, que cada vez se hable peor.

Hasta resulta paradójico que el hecho de aprender lenguas, objetivo loable, no conlleve la necesidad de usar con pericia nuestras lenguas: el gallego y el español.

Llegará un día en que el dedo pulgar de los recién nacidos configure una forma determinada por el abuso que le damos a los dispositivos informáticos. Y el día en que hablaremos sin adjetivos, que se pierdan las palabras más hermosas, que los signos cibernéticos sustituyan a los fonemas.

Hemos perdido el arte de la oratoria. Son pocos los colegios que la cultivan. Apenas puntúa para adquirir capacitación laboral o certificación académica. La elocuencia se ha extraviado en este lingüicidio que practicamos.

Los discursos políticos carecen de sustancia erudita y repiten únicamente consignas y lemas y propaganda de baratija. No se habla bien porque ya a nadie le preocupa el óptimo uso oral de la palabra.

La oratoria, que nació en Sicilia y los griegos impulsaron, era indispensable para obtener reconocimiento social o prestigio. Hoy es solo un recuerdo. Ni eso, quizá.