Me aburre escuchar, día tras día, que nunca tuvimos una juventud tan bien preparada.
Me sorprende que se valoren determinadas competencias y otras se olviden por el mero hecho de no resultar «contemporáneas».
Me desconforta que resulte unánime el sofisma de concebir los ordenadores como imprescindibles en la educación. Y me duele, hasta los tuétanos, que cada vez se hable peor.
Hasta resulta paradójico que el hecho de aprender lenguas, objetivo loable, no conlleve la necesidad de usar con pericia nuestras lenguas: el gallego y el español.
Llegará un día en que el dedo pulgar de los recién nacidos configure una forma determinada por el abuso que le damos a los dispositivos informáticos. Y el día en que hablaremos sin adjetivos, que se pierdan las palabras más hermosas, que los signos cibernéticos sustituyan a los fonemas.
Hemos perdido el arte de la oratoria. Son pocos los colegios que la cultivan. Apenas puntúa para adquirir capacitación laboral o certificación académica. La elocuencia se ha extraviado en este lingüicidio que practicamos.
Los discursos políticos carecen de sustancia erudita y repiten únicamente consignas y lemas y propaganda de baratija. No se habla bien porque ya a nadie le preocupa el óptimo uso oral de la palabra.
La oratoria, que nació en Sicilia y los griegos impulsaron, era indispensable para obtener reconocimiento social o prestigio. Hoy es solo un recuerdo. Ni eso, quizá.