Mensaje en una botella

Javier Guitián
Javier Guitián EN OCASIONES VEO GRELOS

OPINIÓN

20 oct 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Desde hace algún tiempo sufro extrañas alucinaciones que me hacen ver botellas de plástico llenas de agua en las calles. No sé si le pasa a todo el mundo, pero yo me doy un paseo por Carballo, o por Ribeira, y no paro de ver portales decorados con botellas, no sé si de agua con gas o sin gas. Las veo también en las ruedas de los coches y en las farolas, en los árboles y en los bancos del parque, incluso atadas; creo que algo raro me está pasando.

Inicialmente he pensado que se trata de un nuevo sistema de señalización inteligente o de un código secreto de mensajes en clave; me he imaginado una campaña publicitaria de las empresas de agua mineral, o incluso un ancestral rito celta, pero la verdad es que no tengo ni idea de lo que está ocurriendo. Conocía la costumbre de poner una rama de laurel o de madroño en la puerta de las cantinas anunciando la llegada del vino nuevo, pero no creo que nadie anuncie que tiene agua en casa con ese peculiar sistema.

Veamos. El invento de poner botellas de plástico transparente llenas de agua en la base de los árboles, puertas o aceras es, según parece, para ahuyentar a los perros. Su autoría es anónima y nadie sabe a ciencia cierta cuándo empezó, cómo se propagó por distintas ciudades del mundo y si este método sirve para mantener alejado al mejor amigo del hombre, pero el hecho es que ahí están.

Suponiendo que el invento funcione, se trata de algo tremendamente antiestético que debería estar prohibido por una de esas ordenanzas municipales que nadie conoce. No quiero exagerar, pero imagínense que a la gente se le da por poner en las aceras potas o jergones; sin duda, las autoridades tomarían medidas, pero en este caso nadie parece verlas. Si al menos se pusieran a distancias fijas, por ejemplo, cada cincuenta metros, podríamos calcular cuánto andamos en un paseo, pero ni eso, están situadas aleatoriamente.

He tratado de documentarme sobre la cuestión y, para mi sorpresa, hay expertos en esto. Según algunos especialistas en comportamiento animal, esta fórmula no tiene fundamento científico, ya que el sentido por el que se orientan los perros es el olfato. Señalan, además, que esta práctica está basada más en un mito urbano y en la creencia de las abuelas de que el efecto espejo, por el reflejo del animal en el agua, es lo que lo ahuyenta. 

Probablemente les parezca que la cuestión no es para tanto, pero si lo piensan verán que forma parte de una extraña conducta que hace que, además de las botellas con los perros, utilicemos cedés o cabezas de muñeca para espantar a los pájaros, o pelo humano para ahuyentar a los jabalíes. Yo empiezo a tener la impresión de que mi vida transcurre en una especie de escenario apocalíptico similar al de la película Mad Max.

Recuerdo de mis estancias en la sierra de Cazorla la imagen de un botijo lleno de agua en la puerta de algunas casas, obviamente, para refrescar al caminante. Mucho han cambiado las cosas para que el agua se haya vuelto un repelente animal, salvo, claro está, que todo sea una alucinación.